La buena educación

María Antonia Casanova | Universidad Camilo José Cela (Madrid)

Comienzo con una experiencia personal. Como inspectora de educación, ya hace algunos años, estaba en el despacho de la directora del centro y entró una niña (6 o 7 años) y dijo: –Que me dé unas tijeras. La directora contestó: –¿Cómo se piden las cosas?, sin respuesta de la niña. –Se piden por favor. La niña asintió, tomó las tijeras y se volvió para salir. Antes de llegar a la puerta del despacho, la directora de nuevo se dirigió a la niña: –¿Qué se dice? Otra vez, la niña dio la callada por respuesta. –Se dice: gracias. La niña contestó: gracias y se fue. Esto ocurría en un barrio marginal, con familias desestructuradas, con droga y delincuencia como ambiente habitual. Sirva este contexto como justificación de la falta de conocimiento, por parte de este alumnado, de las formas de “comportarse” socialmente y de la importante tarea que la escuela tenía en ese entorno para el aprendizaje de la convivencia en los niños y niñas.

No obstante, este proceder, inhabitual entonces, se ha generalizado de forma peligrosa, a pesar de que, actualmente, hasta las empresas punteras buscan empleados corteses, con buenos modales y consideración hacia sus clientes, compañeros, jefes… Después de sesudos estudios, los grandes emporios reconocen que la “buena educación” resulta esencial para que las empresas prosperen y, en consecuencia, las escuelas de negocios la incluyen en sus másteres. En contrapartida, cada vez más, se observa en ciertos ámbitos –supongo que para simular cercanía–, el uso de un vocabulario coloquial y hasta vulgar que no viene al caso. Me refiero a ciertos programas de radio, televisión, revistas…, sin mencionar la chabacanería de las redes, la zafiedad de las declaraciones políticas, etc. (recordemos las últimas manifestaciones del ex-portavoz de la Casa Blanca). Por otra parte, en las pruebas de selección para ciertos puestos se realizan entrevistas o comidas de prueba, se propone al candidato que atienda demandas urgentes de subalternos o que resuelva otras cuestiones, intentando descubrir lo válido o no del comportamiento del aspirante.

No hace muchos años, la educación para la vida se aprendía en casa: cómo usar los cubiertos, pedir por favor, dar las gracias, pedir disculpas, maneras de saludar…; y a los pequeños: ordenar los juguetes después de utilizarlos, cuidar la ropa, saludar, despedirse, ayudar a los mayores… Pero ahora, en muchos casos y en ambientes que no lo justifican, se ha perdido el respeto y la consideración, primando el egoísmo, la prisa, la propia satisfacción inmediata, lo que me lleva a reivindicar que, aun en familia o con gente de confianza, hay límites que no deberían sobrepasarse nunca. La persona educada lo es en cualquier lugar, con quien esté y a todas las horas del día; lo contrario es solo mantener una postura hipócrita.

El dominio del inglés o el manejo de Internet ayudará a encontrar trabajo, pero un ser maleducado y grosero no permite su encaje en ningún grupo. Los buenos modos no solo ayudan en el trabajo, sino también en la vida personal, por eso a los niños conviene enseñarles a incorporar paulatinamente los buenos modales, a actuar educadamente manteniendo una conversación sin palabras mal sonantes, dejando el móvil cuando están con otras personas, ayudando a cruzar una calle, no atropellando con la bicicleta, no encerrándose en la habitación como un marciano seducido por las redes.

Todo lo que voy mencionando es elemental; de hecho, la mayoría de los adultos lo sabíamos y, básicamente, lo cumplíamos para poder relacionarnos en nuestros espacios sociales, laborales, educativos y familiares. ¿Por qué entonces, en la actualidad hemos dejado de lado estas costumbres, las hemos perdido, ahora que el número de universitarios ha crecido y la educación básica es obligatoria? Esta educación para la convivencia puede parecer trivial, pues se piensa que de adulto se desarrollará según las exigencias sociales o las simulará cuando sea necesario, sin tener en cuenta que estas se adquieren a lo largo de un proceso de socialización en el que el sujeto va aprendiendo a autorregularse y a asumir que los demás son seres con tantos derechos, demandas y vulnerabilidades como él. En consecuencia, el modo de tratar a los demás incide también en la forma de tratarse a sí mismo. La sensibilidad y el buen gusto son la base de la autoestima y del trato considerado hacia todos.

Si se respetaran las normas, quizá entre los niños habría menos riñas, entre los jóvenes menos peleas y acosos e, incluso, entre los adultos menos enemistades y abusos, porque no estamos hablando solo de formas externas, sino de comprender que los humanos no podemos relacionarnos con insultos, desmanes y ni siquiera con indiferencia. Progresar, y no solo materialmente, exige convivir, es decir, ser con otros y no contra ellos.

Ser afable y respetuoso, disculparse por los errores, sonreír, controlar posibles reacciones inadecuadas, presentarse vestido de acuerdo con el acto al que se va, valorar la concordia sin renunciar a los propios principios, utilizar el lenguaje sin descalificar, llegar a las citas con puntualidad, no herir sensibilidades, regular el uso del móvil, valorar la relaciones cara a cara y extender los buenos hábitos (cruzar por los pasos de cebra, con el semáforo en verde, no aparcar el coche en doble fila, ordenar las basuras para reciclar, no despilfarrar agua…); todo ello alude a conceptos desprestigiados hoy como urbanidad, educación para la ciudadanía o el nuevo de educación blanda; mas, ¿es que pretendemos imponer el sálvese quien pueda o someternos a los más fuertes, más agresivos o más privilegiados?

2 Comments

    • Eso es fundamental, Silvia. No se puede pedir todo a la escuela. Debemos educar entre todos. La sociedad educadora es la solución. Gracias por tu comentario. Un saludo.

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