Algunas sugerencias para conocer y comprender el pensamiento de Paulo Freire

Miguel López Melero | Catedrático de Didáctica y Organización Escolar. Universidad de Málaga

Existe una postmodernidad en la derecha, pero también existe una postmodernidad de izquierda y no, como casi siempre se insinúa, cuando no se insiste, que la postmodernidad es un tiempo demasiado especial que suprimió clases sociales, ideología, izquierdas y derechas, sueños y utopías. Y uno de los aspectos fundamentales para la postmodernidad de izquierda es el tema del poder, el tema de su reinvención que trasciende el de la modernidad, el de su pura conquista” (Freire, 1996)

Sabemos muy bien que Paulo Freire es un autor que no solo se lee, sino que se practica y se pone en acción. Lo que quiero decir que no es un autor solo para leerlo, sino para comprometerse con sus pensamientos. No me gustaría saber, para nada, que fuese considerado un autor de referencia nostálgica de un pasado cargado de ideas revolucionarias, pero que hoy se encuentran francamente superadas. Y que su Pedagogía del Oprimido (1970), responde a otra época que, sin duda, estuvo cargada de grandes ideales, valores, compromisos, personajes, etc., pero que, dado que el mundo hoy es otro, hay que buscar otro tipo de respuesta. Hoy el mundo es otro, no cabe duda alguna. Pero Freire ya nos advertía que: “… la ideología fatalista, inmovilizadora, que anima el discurso liberal anda suelta en el mundo. Con aires de posmodernidad, insiste en convencernos de que nada podemos hacer contra la realidad social que, de histórica y cultural, pasa a ser o tornarse casi natural”.

Es verdad. Con razón dicen algunos que Paulo Freire ya no es un autor de referencia actual. Quizás sea para aquellos que han asumido de forma acrítica y natural la hegemonía de la ética del pensamiento único y de la globalización (segunda revolución capitalista) que depreda nuestro planeta y empobrece a la humanidad, justificando guerras y crímenes en nombre de no sé que paz mundial que, a veces, ellos mismos son los causantes de la violencia y el terrorismo, mediante sus sofisticados mecanismos ideológicos y telecomunicativos. No es casualidad la ideologización super-neoliberal que proclama la ausencia de alternativas al modelo económico, político, social y cultural imperante (Trump, Bolsonaro, LePen, Salvini, Abascal, etc.,) obstaculizando la construcción de una sociedad más culta, solidaria, justa, inclusiva, democrática, equitativa y más humana. Pero no podemos desesperanzar a los esperanzados, sino que, hoy más que nunca, debemos despertar el silencio de la opresión en estos momentos tan difíciles para la humanidad.

Como digo, quienes piensan así, son los que consideran que Freire es para ser leído, como un autor más y punto. Pero eso no es así. Paulo Freire es un autor que compromete. Y en los tiempos que corren son pocos los comprometidos, pero muy necesarios. Hoy su Pedagogía de la Indignación (2001) o su Pedagogía de la Esperanza (1994) es la pedagogía del oprimido de antaño, pero con el mismo compromiso de búsqueda de la dignidad humana y lucha contra el pensamiento neoliberal.

Mi punto de partida, desde mi admiración personal por Paulo Freire, va a ser expresar qué sigue significando para mí. Lo que voy a escribir no es el Paulo Freire de todos, es mi lectura personal de él y mi compromiso personal con sus pensamientos. Y lo voy a hacer desde cuatro puntos de vista: ético, epistemológico, político e ideológico que, a mi juicio, le da coherencia y armoniza el pensamiento de Paulo Freire como modelo político-educativo. Sería como decir que voy a hablar de Paulo Freire, desde mis adentros, como ejemplo de pensamiento y compromiso ético, como epistemólogo dialéctico, como político e ideólogo, y como pedagogo. Pero estos cuatro puntos de vista están unidos y atravesados por su coherencia y congruencia. Paulo Freire fue un hombre absolutamente coherente y congruente con su tiempo.

Lo ético en Paulo Freire

Para él no puede haber educación si no hay compromiso ético. Pero la ética en educación no se puede resumir en una asignatura sobre los valores, sino que es algo que se ha de vivir. La preocupación de nuestras acciones sobre otras personas es nuestro compromiso ético y no debemos hacer algo que repercuta negativamente sobre otras u otros. Y la ética no puede convertirse en una clase donde se enseñan valores. Los valores no se enseñan, se viven. Se practican. Ese es el valor moral de los valores, su puesta en práctica. Paulo Freire ha sido el maestro por excelencia de este principio. Vivía comprometido por lograr un mundo menos feo, menos malvado y menos deshumano. Preocupado por concienciar a la gente, pero sin violentar las conciencias de los demás.

Por tanto, cuando hablo de lo ético en Paulo Freire no me refiero a cómo se ha de enseñar la libertad, la solidaridad, la tolerancia, la justicia, etc., sino a la incorporación de un enfoque ético en el centro de toda actividad teórico-práctica, práctica-teórica, del hecho educativo, individual o colectivamente entendida. Quiero decir que me refiero a ese compromiso por luchar por un mundo mejor (concientización) donde no haya lugar a la miseria, injusticias, marginación… La pregunta es si con el pensamiento super-neoliberal ese mundo mejor se puede conseguir, como afirman sus defensores, o, al contrario, se ha acrecentado la miseria, la intolerancia, el racismo, la xenofobia, la exclusión… ¿Cómo es posible que 225 personas tengan el 85% de la riqueza del mundo? Y esto lo leemos como frías y simples estadísticas, cuando tendríamos que hacer un esfuerzo por humanizar esos datos y de este modo cultivar nuestra sensibilidad para que nos ayude a renovar nuestro compromiso ético.

Vemos a diario muertes y más muertes y nada nos conmueve. Refugiadas, refugiados, desplazados a la fuerza, apátridas, migrantes… niñas y niños obligados a huir de sus hogares, con alto riesgo de abuso y trata… sin protección por los responsables de esta barbarie. Vivimos en una crisis de solidaridad y de responsabilidad. Se ha vuelto normal la violencia, la mentira, el abuso, la calumnia, la violación de los derechos humanos…Y ante ello nos dice Paulo Freire: “no es la resignación en la que nos afirmamos, sino en la rebeldía frente a la injusticia”. Por eso en su libro de Política y educación nos recuerda: “Hablamos de ética y de postura sustantivamente democrática, porque al no ser neutra, la práctica educativa, la formación humana, implica opciones, rupturas, decisiones. Estar y ponerse en contra, a favor de un sueño y contra otro, a favor de alguien y contra alguien. Y es precisamente ese imperativo el que exige la eticidad del educador y su necesaria militancia democrática y le impone la vigilancia permanente, en el sentido de la coherencia entre el discurso y la práctica” (1970, p.86).

Efectivamente no se puede enseñar ética y valores al margen de un compromiso y un comportamiento sociohistórico cultural concreto. Si la ética es eso que conocemos como “lo bueno”, hay otra ética que se nos impone desde el pensamiento neoliberal que va en contra de eso que denominamos como bueno. Frente a esa ética hegemónica neoliberal, los educadores y educadoras tenemos que hacer práctica de la ética de la educación que va en contra de aquella, siendo coherentes entre nuestro pensamiento y nuestra acción, y no nos podemos escudar en las expresiones de siempre: “de que esto es muy difícil”, sino que hemos de luchar porque, aun siendo difícil es necesario. Porque si no es así, lo que ocurre es que nos instalamos en la cultura de la normalidad de que las cosas son así y no podemos hacer nada contra ese pensamiento neoliberal. Tenemos que desinstalarnos de esa cómoda normalidad para derrotar esa cultura inmovilista. Hemos de luchar contra ese mundo perverso, porque si no lo hacemos, los perversos seremos nosotras y nosotros. O inmorales o cínicos. Se me puede decir que este es un pensamiento radical y que hoy hay que ser más tolerante. Pues sí, soy radical, nada dogmático, pero sí radical porque me gusta buscar la raíz de los asuntos, pero no porque me considere en posición de la verdad. Ni la tengo ni la pretendo. Sin embargo, el tolerante no puede renunciar a su sueño de un mundo mejor. La tolerancia es la sabiduría de convivir con el diferente para pelear con el antagónico. La tolerancia es una virtud revolucionaria y no liberal conservadora. Así que no me hablen de tolerancia los que son intolerantes. ¡No se puede ser tolerante con los intolerantes!

Un educador o una educadora, todavía más que un ciudadano o una ciudadana, no puede renunciar nunca al sueño y al compromiso ético que lo compromete. Hay que poder soñar sobre lo posible. Es necesaria una nueva ética fundada en el respeto a lo diferente. Ese es mi ethos ético-político.

Paulo Freire como epistemólogo

Como consecuencia lógica de su visión ética, Paulo Freire construye su planteamiento epistemológico acorde con sus principios y valores. Si de lo que se trata es de formar sujetos libres mediante la educación, nunca el conocimiento puede ser entendido y usado como un instrumento de dominación y/o enajenación. El conocimiento en Freire es considerado como lucha y no como acto instrumental. Por eso continuamente se pregunta ¿Qué es conocer? ¿En qué consiste el conocimiento? ¿Cómo se conoce? ¿A favor de quién y en contra de quién se conoce? Estas, y otras cuestiones, recorren toda la obra de Freire de manera dialéctica. Su pensamiento epistemológico es una actitud crítica ante todo, él es una persona que se lo cuestiona todo, que duda y que investiga. Somos seres inacabados y estamos siempre en proceso de búsqueda y construcción (somos seres histórico-culturales). De ahí que se convierta en un luchador contra el positivismo y desarrolla una severa crítica a la concepción epistemológica positivista tradicional, aquella que convierte al educando en mero objeto de transmisión pasiva del conocimiento preelaborado que, muchas veces, es ajeno a su sensibilidad e intereses. Esto es lo que se hace cotidianamente en la educación. Y así hemos sido educados, excepto honrosas excepciones. Somos como cerebros-alcancías donde se nos deposita los conocimientos de manera acrítica, dirá más de una vez.

Esta analogía es muy clarificadora de lo que suele ocurrir hoy en día en el acto educativo de nuestras escuelas, donde las niñas y los niños se convierten en simples objetos del conocimiento que el profesorado (que son quienes dicen tener el conocimiento) deposita de manera pasiva –y en algunas ocasiones también de manera autoritaria– en las mentes de aquellos. Y eso que reciben ya fue seleccionado por la autoridad del poder. Y la forma de validar su autoridad es a través de un examen. En este sentido si no se repite fielmente todo lo que dijo el profesor o profesora, se suspende. Esta es la concepción bancaria que ya nos decía Freire en su obra Pedagogía del Oprimido: “el conocimiento es una donación de aquellos que se juzgan sabios a los que juzgan ignorantes”. Más tarde repetirá esta misma idea en su obra, Extensión o comunicación (1973) cuando subraya: “el conocer no es el acto a través del cual un sujeto transformado en objeto, recibe dócil y pasivamente los contenidos que el otro le da o le impone”. El extensionista piensa que el conocimiento se transmite y no es necesaria la confrontación con el mundo circundante. El mundo es la fuente verdadera del conocimiento –subrayará–, pero el mundo está fuera del aula, aunque esta sea parte del mundo. El conocimiento tiene un carácter dialéctico dado que “el ser humano conoce a través de un proceso que no termina en el objeto cognoscible, ya que se comunica a otros sujetos igualmente cognoscentes. Conocimiento es, pues, proceso que resulta de la praxis permanente de los seres humanos sobre la realidad” (p. 32).

Y esto es cierto. El conocimiento es una actividad que se genera de manera solidaria y cooperativa. Más allá de la capacidad intelectual, imaginativa, sistematizadora, reflexiva y de abstracción que tenga una autora o un autor, los conocimientos y las propuestas teóricas que este haga son constructos históricos y sociales. No creo que haya conocimiento humano que no haya salido de otro conocimiento humano, y este de otro, pero que al existir hoy y cubrir las necesidades actuales supera al anterior o lo modifica/reorganiza. Es decir, no hay un conocimiento estático, definido, último, etc., lo que sí existe es un proceso de conocer. Lo contrario sería un dogma. Para mí la función del material de aprendizaje ha cambiado, ya no pueden ser narraciones relacionadas con los contenidos de la materia o colecciones de ejercicios o problemas típicos de matemáticas o de otras ciencias, sino que las actividades de aprendizaje deben apoyarse en materiales nuevos y con funciones diferentes. Es decir, dejan de ser los materiales de aprendizaje portadores de la información y se convierten en generadores de actividades de reflexión y de acción. O sea, que los materiales de aprendizaje van dirigidos a un mayor desarrollo cognitivo y cultural por medio de la educación. No se puede confundir el conocimiento con la acumulación de información. Lo que quiero decir es que ahora el material de aprendizaje debe producir una mayor capacidad para pensar correctamente y antes era para proporcionar contenidos informativos o cantidad de información. Hay que enseñar a pensar para actuar correctamente a través de los sistemas de comunicación y de las normas y valores. La enseñanza ya no se basa en la entrega de información al individuo, sino que se dedica a construir el potencial de aprendizaje que aún no existe.

Paulo Freire no separa su visión epistemológica de la pedagógica, como tampoco lo hace de su visión ética. Por eso suele afirmar “que no es posible dicotomizar el acto de conocer el conocimiento hoy existente del acto de crear el nuevo conocimiento; ni la teoría de la práctica; ni el enseñar del aprender, ni el educar del educarse” (1990). Como vemos, el enfoque epistemológico de Freire es dialéctico, complejo, procesual, holístico, contextual, histórico, dinámico. Es una llamada permanente a superar la visión fragmentada que tiene el positivismo. Y la verdad es que así somos los seres humanos. Somos seres individuales pero cargados de experiencias personales, familiares, contextuales. Somos seres que vivimos históricamente en un contexto objetivo, pero que lo vivimos cargados de nuestra subjetividad y sensibilidad, de nuestras creencias, desde nuestra ideología, desde nuestra estética, desde nuestra espiritualidad, desde nuestra ética y desde nuestro compromiso político. El ser humano es un ser social en un determinado contexto histórico. Así somos los seres humanos. Y en educación somos educador y educando. Sujeto y objeto.

Paulo Freire como pedagogo

Paulo Freire no nos ofrece ninguna receta para educar. Él nos habla de lo ético, de lo epistemológico, de lo político, etc., y debemos ser nosotros y nosotras en la práctica quienes sinteticemos todo ese pensamiento según las circunstancias de cada cual. Solo nos dirá: “nadie educa a nadie, pero todos nos educamos juntos” (1990). A veces esta frase ha sido mal interpretada por aquellos que no comparten el pensamiento freireniano y la aprovechan para decir que Freire afirma que no es necesario el educador. Y eso nos es cierto. Para que haya educación, debe haber un educador que educa y un educando que es educado, afirmará en más de una ocasión. La cuestión no es esa, sino que el educador puede proponer qué conocer, pero el educando también puede y debe proponer. La verdad no la tiene el educador, ni tampoco reside en el educando. A lo mejor no existe la verdad, sino solo el camino de buscar la verdad. En realidad somos buscadores de verdad, permanentemente. Durante toda nuestra vida. La educación hay que entenderla como un hecho democrático y democratizador que traspasa la propia aula. La educación es un acto creativo y político. Precisamente si la democracia viene determinada por los valores de la libertad y de la igualdad/equidad, solo en libertad y en igualdad/equidad se puede dar la acción educativa. Lo contrario sería autoritarismo. La clave radica en la actitud democrática del educador o educadora, que educa mediante el diálogo y la participación. La educación es una acción dialógica en donde educador y educando se educan juntos. De este modo el educador o educadora ya no es solo el que educa, sino aquel o aquella que cuanto educa es educado a través del diálogo con el educando, quiero decir, que al ser educado también educa. El educador es un aprendiz permanente.

La educación siempre implica una determinada teoría del conocimiento puesta en práctica. Por ello, una de las aportaciones fundamentales de Freire es a esa teoría del conocimiento: al objeto que se trata de conocer y al método de conocerlo, es decir: el qué y el cómo conocer. Esta es una obsesión en la vida de Freire: “el conocimiento, siempre proceso, resulta de la práctica consciente de los seres humanos sobre la verdad objetiva que a su vez los condiciona. De ahí que entre aquellos y esta se establezca una unidad dinámica y contradictoria. Como dinámica y contradictoria es la propia realidad” (1990).

La educación hay que entenderla como un hecho democrático y democratizador, en el aula y más allá del aula. Y esto solo se consigue mediante la pedagogía del diálogo y de la participación. Esta pedagogía del diálogo es aquella que es capaz de enseñar y aprender. Que sabe hablar porque sabe escuchar (aprendizaje dialógico). Que puede ofrecer su conocimiento, porque está abierta al conocimiento de los demás. Que puede producir la síntesis entre el acto del enseñar y el acto del aprender en esta visión de doble vía educador-educando y educando-educador. El diálogo es el sello del acto de conocer. Así ambos se transforman en sujetos del proceso en que crecen juntos, y del cual los argumentos de la autoridad ya no rigen. Otra educación no solo es posible, sino necesaria.

Paulo Freire como político e ideólogo

 Cuando Freire habla de lo ético no lo puede entender sino como un acto político. De la misma manera que cuando habla de educación. Entendiendo lo político en su expresión más noble y no como perteneciente a un determinado partido. Por eso define la educación como un acto político. Concretamente afirma que toda educación, además de un acto pedagógico, es un acto político, pero no porque quiera hacer política educativa de izquierdas, sino que afirma que todo hecho educativo, inevitablemente tiene –consciente o inconscientemente– un fondo y una opción política. Pero la verdad es que no puede ser de otra manera, y por eso se preguntará “¿qué clase de educador sería si no me sintiera movido por un impulso que me hace buscar, sin mentir, argumentos convincentes en defensa de los sueños por los que lucho?” (1973). En esta pregunta –o afirmación– Freire tiene muy claro que no se puede tener unos principios y mantenerse al margen de las injusticias, desigualdades y discriminaciones diarias. Por eso en más de una ocasión afirmará que a él se le ha identificado como pedagogo, pero que él es “adjetivamente pedagogo, pero sustantivamente político”. Por eso subrayaba: “mi punto de vista es el de los condenados de la tierra”. De ahí que siempre se colocase en contra de los que dicen que no tienen visión política, porque no hay acción humana desprovista de intencionalidad, de caminos de búsqueda, porque no hay ningún ser humano ahistórico y apolítico. Así las cosas, si no optamos a favor de algo, optamos en consecuencia en contra de ese algo. En fin, no se trata de politizar la ciencia en el sentido vulgar del término, ni mucho menos de tomar partido en nuestra opción como educadores. De lo que se trata es de que cada uno ha de asumir con plena conciencia el mundo que nos ha tocado vivir y de optar en consecuencia: o a favor de la humanización o a favor de la barbarie.

Y nos advierte que: “la educación es así, porque sería una actitud ingenua pensar que las clases dominantes van a desarrollar una forma de educación que permita a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica” (1990). Es ingenuo pensar esto, porque sería atentar contra sus propios intereses. Es ingenuo pensar que los cambios económicos, políticos y sociales nos van a venir dados por las clases dominantes. Los cambios los tenemos que hacer nosotras y nosotros, esa es nuestra responsabilidad como ciudadanía y como docentes. No importa que nuestra aportación sea modesta, es una actitud de ser conscientes de que hemos de estar siempre en una actitud de cambio y transformación permanente. Lo que implica tener muy claro a favor de qué o de quién educo y, por tanto, en contra de qué o de quién educo. Es un problema de opción.

Esta es desde mi perspectiva la esencia del pensamiento de Paulo Freire. Si la asumimos, asimismo, también debemos asumir sus consecuencias: una postura sustancialmente democrática, con una opción muy clara, rupturas, decisiones, rechazo a la neutralidad de la ciencia, tarea educativa comprometida social e históricamente. Y es desde este imperativo que se requiere la eticidad del educador o educadora, su necesaria militancia democrática y la permanente vigilancia crítica y autocrítica de la coherencia entre el pensar y el actuar. Como él mismo diría en muchas ocasiones: mi cualidad más sobresaliente es ser coherente, aunque reconozco que es muy difícil serlo siempre, pero nada me impide mi lucha por intentar serlo día a día.

Por todo lo anteriormente expresado quiero decir que solo seremos libres si tenemos las ideas claras para generar una opción. Y yo hace tiempo que tengo una opción política y educativa. Mi opción política y educativa es tomar una postura frente a la realidad social; es no quedar indiferente ante la justicia atropellada; es no permanecer indiferente ante la libertad conculcada o ante los derechos humanos violados; es luchar contra la injusticia de la trabajadora o el trabajador explotado; es denunciar permanentemente la falta de respeto hacia la mujer, la intolerancia política, religiosa, étnica o de cualquier tipo de discriminación. En fin, tomar partido por la justicia, por la libertad, por la democracia, por la ética y por el bien común es opción política y es hacer política. Opción política y educativa es luchar por la cultura de la diversidad y la justicia social, y esta es mi ideología y mi vida, como un sistema de creencias y valores que han trazado el camino para la acción. En fin, la cultura de la diversidad es mi compromiso ideológico y educativo.

Y este compromiso político y educativo mío nace precisamente de esta aspiración mía y de este deseo de cooperar en la construcción de un nuevo modelo educativo que rompa con el principio neoliberal por excelencia del homo sapiens y nos traslade al homo amans, como verdadero objetivo de una escuela democrática, que se compromete en defender los derechos humanos y la legitimidad de cada cual en su diferencia, para construir una sociedad más librepensadora, más cooperativa, más justa, más democrática y más humana. Que es tanto como decir, recordando a Freire (1990), que es necesaria una educación como práctica de la libertad.


Alguna bibliografía de Pablo Freire
  • Freire, P. (1969). La Educación como Práctica de la Libertad. Montevideo, Tierra Nueva.
  • Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Montevideo: Siglo XXI.
  • Freire, P. (1972). El Mensaje de Paulo Freire. Teoría y Práctica de la Liberación. Madrid, Marsiega.
  • Freire, P. (1973). ¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural. Buenos Aires: Siglo XXI.
  • Freire, P. (1978). Pedagogía y Acción Liberadora. Madrid, Zero/Zyx.
  • Freire, P. (1985). La naturaleza política de la educación, Barcelona, M.E.C/Paidós.
  • Freire, P. (1994). Pedagogía de la esperanza. Un reencuentro con la Pedagogía del oprimido. Madrid. Siglo XXI.
  • Freire, P. (1997). La educación en la ciudad. México. Siglo XXI.
  • Freire, P. (1998). Pedagogía de la autonomía. México. Siglo XXI.
  • Freire, P. (2001). Pedagogía de la indignación. Morata. Madrid.

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