Con voces propias

Hablar de nosotras desde otras voces y no desde las nuestras, las propias, son unas señas que nos vienen acompañando a las mujeres, a nuestra historia y a nuestro destino desde casi que “el mundo es mundo”, expresión que nos legaron nuestras abuelas y, posiblemente, a ellas lo hicieron las suyas. Tratar de visibilizar el discurso feminista viene a ser muchas cosas, pero en su base está de manera esencial la simple y universal búsqueda de justicia. Quizás sea porque es un abuso tan cotidiano, tan habitual y con el que vivimos desde hace tanto tiempo que, cuando reflexionamos sobre esa injusticia, cuando insistimos en cualquier foro en que nos lo permiten sobre la necesidad de aunar esfuerzos –todos y todas– para revertirla, encontramos muchas miradas de hartazgo o, peor, voces que nos matizan que nuestra “causa” –parece solo nuestra y no la común a los demás– está en buena parte superada.

Hablar hoy de la desigualdad por causa de género es hacerlo de una causa incómoda, incluso antipática. Por si nos faltaba poco, la hegemónica neurociencia dice aportar argumentos que demuestran que la diferencia entre hombres y mujeres se halla presente en origen en nuestro cerebro. ¿En serio vamos a entenderlo así?

Apenas hace unas semanas se celebró el Día Internacional de la Mujer y de la Niña en la Ciencia. El papel poco más que simbólico y de altavoz mediático que le queda ya a la ONU lo utiliza, como en esta ocasión, para destacar y hacer presente el papel de la mujer en el campo científico. Se puso de manifiesto en la efeméride la labor de un buen puñado de científicas cuyo reconocimiento oficial fue inexistente, aun cuando se ha podido probar que sus investigaciones resultaron esenciales para la consecución de algún importante descubrimiento.

De la misma manera, también se ha comprobado que fueron apropiados por sus compañeros científicos varones que, en algún caso, eran además sus propios maridos, como le ocurrió a Isabella Helen Lugi en un no tan lejano 1985. Estas científicas en mayúsculas han aparecido –si lo han hecho– como neutras y secundarias colaboradoras que tuvieron que asistir, con los dientes apretados, al reconocimiento de su trabajo en la comunidad científica, premiado incluso con algún Nobel, pero bajo la autoría oficial de otros. Episodios lamentables que deberían seguir sonrojándonos. ¿Dónde están mujeres como Rosalind Franklin, Lisa Meitner o Gerty Cori, entre otras, en los libros de texto de nuestro alumnado? ¿Dónde se cuentan sus avances y sus investigaciones? Apenas Marie Curie tiene cabida en una Historia de la Ciencia protagonizada por hombres que se sigue, año tras año, transmitiendo al alumnado.

No es necesario viajar a siglos pasados para encontrar este tipo de injusticias históricas.Hace apenas unos años, el trabajo de científicas como Jocelyn Bell, que descubrió los pulsares, o el de Sau Lan Wu, cuya investigación impulsó definitivamente el descubrimiento de una partícula subatómica, fueron atribuidos y celebrados a sus compañeros de equipo. El campo científico parece estar trufado de este tipo de prácticas. Sin ir más lejos, hace unos meses el premio Nobel Tuim Hunt declaraba que él prefería no contar con mujeres en sus equipos, porque “se enamoran de ti, tú de ellas y si las critican, lloran”. ¿De qué nos sorprendemos, entonces?

La invisibilidad de las mujeres en los libros de texto no es otra cosa que un reflejo de su papel en la sociedad. Hemos ganado en conciencia, pero ese necesario avance no ha calado más allá del envoltorio, no ha conseguido salir del discurso formal que rige en la escuela para infiltrarse en el currículo que se trabaja día a día, en los temas transversales que deben recorrer los saberes, conocimientos y habilidades que son actores importantes del aprendizaje, en las competencias verdaderamente necesarias en que formamos al alumnado. La escuela se ha transformado al paso que marca la sociedad, es decir, demasiado poco a poco.

Acabando este artículo me quedo con la sensación agridulce de haber sacado, una vez más, la lista de agravios. Argumentados, es bien cierto. Tan argumentados como conocidos. Y tan conocidos como serán poco atendidos. Queda tarea y parte de ella es eso, listar una y otra vez lo que es injusto, señalar una y otra vez lo que no debe permanecer igual. En definitiva, trabajar a favor de los cambios necesarios para poder hablar de nosotras y, a ser posible, con nuestras propias voces.

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