Mejor con compañeras que con siervas

Mª Victoria Reyzábal

La mujer ha sido a lo largo de la historia básicamente un vientre reproductor. En este sentido, la naturaleza no ha asignado a cada sexo esfuerzos equivalentes; en general, salvo rarísimas excepciones, las hembras de todas las especies han asumido, por lo general individualmente, el peso de embarazos, partos y crianzas. Hasta la misma cópula, por lo común acto placentero, en muchas especies resulta dolorosa y hasta peligrosa, lo mismo que el alumbramiento. Por eso, la menopausia, rasgo específico de las mujeres inexistente en los otros mamíferos, creen los científicos que surgiría para que después de haber satisfecho la función de la maternidad, habitualmente repetitiva en el pasado, las mujeres sobrevivientes tuvieran un tiempo de descanso, si bien también señalan que así podrían dedicarse al cuidado de los hijos de sus hijas e hijos, como está sucediendo hoy en día. Este devenir refuerza la idea de que en las sociedades humanas, la difícil competencia de la mujer para garantizar la continuidad de la especie debe reequilibrarse socialmente, de manera que permita no solo su bienestar físico y emocional, sino que, además, garantice lo que vergonzosamente aún no es así en todos los casos: la incorporación de esta al estudio, la investigación y la vida laboral con respeto a su esencial papel biológico, algo que no se ha alcanzado plenamente todavía en el siglo XXI.

En todos los campos del saber queda patente la marginación, persecución y silenciamiento en que la mujer ha debido hacer frente históricamente; igualmente, en todas las épocas pueden señalarse algunas que cuando se les ha permitido intervenir en cuestiones que se consideraban específicas de los varones, lo han hecho brillantemente. Para concretar esta realidad en campos específicos como el de la educación o la literatura se puede partir (no porque no hayan existido otras avanzadas) de la magnífica poeta Safo en la Grecia antigua (628 o 620-568 o 563 a.C.), quien, además dedicarse a su propia creación, fundó una escuela poética para jóvenes. Pero si ella existió, por qué no pensar que habría más. Otro ejemplo lo encontramos en Aspasia de Mileto (470-400 a.C.), amante de Pericles, que parece dejó a su esposa para unirse con ella, maestra de retórica y logógrafa (cronista) de notable influencia en Atenas y que se relacionaba de tú a tú con Sócrates, Fidias, Anaxágoras, etc.; su casa fue centro de reunión de intelectuales de primera línea. Hipatia (355 o 370-465), egipcia cuando su país pertenecía al Imperio Romano, cabeza de la Escuela Neoplatónica de Alejandría, maestra eximia de pensadores y científicos tanto cristianos como paganos.

En la Edad Media basta recordar la corte de Isabel la Católica (1451-1504), la más culta de Europa, en donde ella personalmente se ocupó de la educación de sus hijas, a pesar de que con anterioridad el rey Alfonso el Sabio había excluido a las mujeres hasta de su tarea más reconocida –el cuidado de los enfermos–, a pesar de su conocimiento de hierbas medicinales y de la atención experimentada a las parturientas, si bien Cristina de Pizan (1364-1430) defendía el derecho a que fueran educadas, como Margarita de Navarra (1492-1549), lo mismo que sor Isabel de Villena (1430-1490) o Luisa Sigea de Velasco (1522-1560). En la corte de Isabel figuraron notables intelectuales como Francisca de Nebrija, Beatriz Galindo, Lucía de Medrano, Juana Contreras o Beatriz de Bobadilla. La reina se rodeó de las mujeres más sabias de su época, las Puellae doctae, así sus hijas asombraron a los súbditos de sus reinos correspondientes al hablarles en sus propias lenguas, pues cada una dominaba hasta cinco idiomas.

En el Renacimiento, tiempo malo para las mujeres, cuando el mismo Fray Luis de León sostiene que la mejor educación de las niñas y jóvenes es que no reciban ninguna, destacan Teresa de Cartagena, Teresa de Ávila, María Jesús de Ágreda (1602-1665), quien fue consejera de Felipe IV, y la gran defensora de la formación femenina, María de Zayas y Sotomayor (1590-1661). Durante el XVIII continúan los malos tiempos para el sexo femenino. Evidente muestra es que en nuestro país solo el 15% de las mujeres estaban alfabetizadas mientras, por ejemplo, en Francia el porcentaje subía al 33% y ello a pesar del empeño en crear escuelas de Carlos III. Durante el XIX, con la ley Moyano aparece la obligatoriedad de la Educación Primaria para todos los españoles y españolas, diríamos hoy. Pero aún, Concepción Arenal debe asistir de incógnito, es decir, vestida de hombre, a las clases de Derecho de la Universidad Central. Mientras, Emilia Pardo Bazán argumentaba a favor de que las mujeres no reciban una educación inferior a la del hombre. Y en el siglo XX, en muchos aspectos todo sigue igual, salvo por el anarquismo que apoya a las mujeres y los esfuerzos de la Escuela Moderna, fundada por Francisco Ferrer i Guardia. Pero, por fin, según pasan los años, la mujer puede acceder a la Secundaria y Romanones, ya en 1910, firma el Real Decreto que le abre las puertas de la Universidad e, incluso gran conquista, permite que ejerza la profesión –antes no tenía tal privilegio– para la que capacita el título. En la II República se consolidan estos avances, sin embargo, como una condena a todo el colectivo, se retrocede de nuevo de manera imperdonable bajo las prioridades de la Iglesia franquista, para posteriormente, con la democracia, volver a empezar a levantar la cabeza.

Todos estos vaivenes y anulaciones situaron a las mujeres como seres de segunda o tercera categoría, pues sometidas desde el inicio de los tiempos, alejadas de la más mínima formación, sin visibilidad social ni libertad alguna, ni espacio para sí mismas –lo que continúa en muchos lugares igual–, nunca han sido consideradas como iguales. Esto se comprueba, desgraciadamente, en los manuales escolares, en los que niñas y adolescentes no encuentran modelos femeninos que las guíen hacia metas de estudio, investigación o profesionalización en las que solo aparecen hombres. Por ejemplo, en Literatura, apenas se estudia a Santa Teresa, Sor Juana, Rosalía de Castro y, según los casos, alguna otra por lo general contemporánea, mencionándose en ciertas opciones a las hispanoamericanas Gabriela Mistral y Alfonsina Storni. Pero, ¿es que no ha habido más escritoras de calidad en España? Claro que sí[¹].

En realidad, el lenguaje genérico oculta a la mujer, la sociedad la posterga y obstaculiza su afianzamiento laboral y aún hoy se la mata si quiere separarse de su compañero. Hemos sido violadas (lo seguimos siendo), vendidas, quemadas por brujas; no obstante, hemos sobrevivido a todas las inclemencias. Aun así, ya en el citado siglo XX, del triunvirato Ángela Figuera, Gabriel Celaya y Blas de Otero, se dejó de lado a Ángela, y es que todavía somos escasas en el canon.

Urge que las niñas encuentren modelos y no solo como autoras artísticas, sino también como arquitectas, informáticas, ingenieras, cirujanas…

¡Tomemos conciencia de esta realidad y luchemos para cambiarla! Ni siquiera somos una minoría, sino el 50% de la población mundial.


[¹] Pueden completarse los datos que aparecen en este artículo en: Reyzábal, M.V. (2012). Canon literario y diferencia de género en la educación. Madrid: La Muralla.

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