Mujeres indígenas

Empoderamiento a través de marcos formativos autogestionados

Los pueblos indígenas integran a más de 370 millones de personas que, a su vez, forman parte de 5.000 culturas diferenciadas, según datos de la Unesco y otros organismos internacionales. Están localizados en los cinco continentes, aunque es especialmente significativa su presencia en América, Oceanía y Asia. Son los grandes depositarios (junto a las minorías étnicas, lingüísticas y religiosas) de la diversidad cultural de la humanidad.

Se caracterizan por su especial apego a los territorios originarios en los que habitan, la protección de los ecosistemas y sus contextos medioambientales de vida, así como por la pervivencia de relaciones comunitarias afianzadas en sistemas de organización social basados en la reciprocidad, la ayuda mutua y la solidaridad interna. A su vez, tienen en común una historia complicada en la que han sido víctimas, pero a lo largo de la cual también han protagonizado movimientos de resistencia y liberación, preservando espacios de diferenciación y protección para sus culturas, prácticas comunitarias y cosmovisiones particulares.

En la actualidad, paulatinamente han conseguido ser objeto de importantes reconocimientos nacionales e internacionales, lo que les ha llevado a situarse como titulares de derechos diferenciados, así como a desarrollar un proceso de revitalización cultural y reforzamiento político y social. Así, protagonizan, con mayor o menor intensidad, procesos que tienen como objetivo la consecución del buen vivir o vivir bien desde el mejoramiento de las condiciones de vida, el aseguramiento de las prestaciones públicas, la satisfacción de las necesidades básicas y el mantenimiento de su identidad diferenciada, emparentada con valores y principios inspiradores propios de sus culturas indígenas originarias.

Las mujeres indígenas han jugado un papel especialmente relevante en ese empeño por el mantenimiento identitario y cultural de sus comunidades, enseñando –muchas veces en secreto– sus idiomas a los niños y niñas, reproduciendo a escondidas las prácticas culturales diferenciadas, el folklore, las canciones, los cuentos, la música…, preservando así ese patrimonio cultural y conocimientos que son tan importantes para la autocomprensión y comprensión externa de sus tradiciones.

Pese a ese importante papel que han jugado las mujeres indígenas, lo cierto es que no siempre han visto reconocido ese esfuerzo y, en muchas ocasiones, han sido víctimas de una especie de doble discriminación: por ser indígenas y por ser mujeres en comunidades en las que están especialmente integradas prácticas machistas de sometimiento y dominación.

El cambio

A partir de la obtención del Nobel de la Paz por parte de Rigoberta Menchú en 1992 y de la participación de un nutrido grupo de mujeres indígenas en la Conferencia de Beijing en 1995, las cosas empezaron a cambiar. Consiguieron unir sus demandas en materia de derechos como mujeres con las demandas en el campo de los derechos colectivos y culturales de sus pueblos. Desde entonces, se ha conformado un movimiento bien organizado al interior de muchos países, en un plano continental y también en escenarios globales de participación. Merece la pena también destacar que se han creado programas específicos llamados a atender sus necesidades particulares.

Varios son los campos de intervención de estas redes y alianzas. Entre ellos destaca muy especialmente la promoción de la participación política de las mujeres indígenas, la protección de su salud sexual y reproductiva, las intervenciones contra la violencia de género o el apoyo al reforzamiento de sus emprendimientos económicos y productivos.

De entre todas las estrategias y programas de intervención, debemos destacar aquellas gestionadas directamente por ellas mismas, que han permitido configurar marcos de capacitación y formación especializados. Varios son ya los diplomados, talleres y cursos de postgrado que en diferentes universidades del ámbito iberoamericano (en México, Nicaragua, Bolivia, Colombia, Chile o incluso España) se han puesto en funcionamiento y con mucho éxito. De esa manera, el movimiento de mujeres indígenas ha conseguido fortalecerse, siendo hoy uno de los colectivos mejor organizados y que muestra una importante capacidad de incidencia en sus comunidades y en sus sociedades nacionales de referencia.

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