Asumir el papel de Peter Pan no conduce a la felicidad

Ana Isabel Sanz | Psiquiatra. Directora de Instituto Ipsias

La Organización Mundial de la Salud ha elegido como mensaje central para el Día Mundial de la Salud Mental –que se celebra todos los 10 de octubre– la relevancia de esforzarse en potenciar el bienestar emocional de los jóvenes y la prioridad de asignar recursos asistenciales y preventivos específicos para este colectivo de población. Me sumo a esa declaración de intenciones, aunque subrayando que muchos de los problemas afectivos que aparecen en la adolescencia y la primera juventud se gestan bastante antes, en la etapa correspondiente a la Educación Primaria, y que el ecosistema educativo puede aportar actuaciones clave en la prevención y detección precoz de dificultades que, de no ser bien conducidas, derivarán en disfunciones emocionales, comportamentales y caracteriales, difícilmente reconducibles cuando ya se ha alcanzado la madurez.

Al hilo de esta reflexión me vienen a la mente los nada infrecuentes casos de jóvenes en edad universitaria que entran en crisis profundas cuando finalizan sus estudios y han de hacer frente a la incertidumbre de un mundo complejo, frustrante, exigente e incluso decepcionante, que en nada se parece a la imagen que familia y sistema educativo les han inculcado acerca de lo que deben esperar del futuro y de lo que implica hacer frente a las dificultades que todo ser humano ha de experimentar: la enfermedad, el dolor por las pérdidas (de afectos, de salud, de seres queridos…), la tolerancia por la frustración de los deseos en distintas áreas de la vida, la incertidumbre ante las crisis económicas o personales… Ante ese malestar se encierran en las acogedoras casas paternas, se aferran a paraísos artificiales o directamente gritan encolerizados porque no alcanzan metas a las que sienten “tener derecho” solo por desearlas.

Podría hablar de las nada tranquilizadoras cifras sobre los problemas emocionales en la edad infantil: se estima que 1 de cada 10 menores presenta algún trastorno mental, entre los que destaca el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la ansiedad, la depresión y el suicidio (que actualmente es la tercera causa de mortalidad en el espectro de edad que abarca hasta los 19 años). No se andan a la zaga los diversos trastornos del comportamiento (disocial, oposicionista-desafiante, mutismo selectivo…), y desviaciones de la personalidad, quedando más alejados los trastornos psicóticos, bipolares u obsesivos, que pueden presentarse en la infancia aunque con frecuencias considerablemente inferiores.

Cuando se habla de salud o enfermedad mental, las variables implicadas en su génesis son multifactoriales. El dilema entre el papel de los condicionantes genético-constitucionales y aquello que proviene del aprendizaje planea de forma recurrente en cualquier reflexión sobre el origen de la patología psíquica. No se trata aquí de argumentar en favor de una u otra alternativa, pero sí de postular que la educación tiene mucho que ofrecer al desarrollo emocional armonioso y sano de los individuos. Y en este punto, creo que el principal riesgo en los países desarrollados es la sobreprotección de los futuros adultos.

La obsesión por facilitar la existencia de los menores, dotándoles de todo lo que puedan necesitar para tener éxito (oportunidades formativas, ayudas de todo tipo, sobreabundancia de bienes materiales…) está consiguiendo paradójicamente el efecto contrario, propiciando en niños y jóvenes:

  • Mayor ansiedad ante las dificultades existenciales.
  • Impaciencia ante la ausencia de recompensas inmediatas.
  • Intolerancia a las insatisfacciones y falta de aprecio por el potencial de crecimiento que estas tienen.
  • Falta de confianza sobre la propia capacidad para hacer frente a los fracasos.
  • Desesperanza ante la incertidumbre.
  • Respuestas evitativas y escapistas ante los momentos de cambio vital.

En este próximo Día Mundial de la Salud Mental será muy pertinente sensibilizar acerca de la importancia de la detección precoz de los conflictos y psicopatologías de aparición en la infancia y la adolescencia, y convendrá igualmente presionar para que se dote a las diferentes instancias asistenciales de suficientes especialistas que atiendan las referidas necesidades. Pero, en último término, habría que plantearse qué tipo de educación favorece que nuestros menores se conviertan en adultos mentalmente sanos y resilientes, capaces no solo de alcanzar el éxito y de sobreponerse a la desgracia, el dolor o el fracaso, sino de disfrutar maduramente de lo que construyan en su vida, de darle sentido y sentir que tienen capacidad para enfrentar las tormentas que antes o después llegarán y que, además, pueden aprender a crecer a partir de ellas. Para que los estudiantes consigan en su etapa escolar esos cimientos de resiliencia, el currículo debe volver a hacer hincapié en los contenidos actitudinales, priorizando:

  • La autonomía y el esfuerzo individual y no la dependencia de terceros tanto en cuestiones emocionales como materiales o pragmáticas.
  • El sentido de la colaboración con los otros en lugar de la competencia destructiva.
  • La capacidad para identificar las emociones, no escondiendo ni minusvalorando o demonizando las vivencias negativas, pues solo “reconciliándonos” con la tristeza, el enfado, la humillación o la ira podemos activar mecanismos para superarlas e integrarlas sanamente en nuestra personalidad.
  • La desmitificación de la “obligación de ser feliz” o de que son los otros los que nos tienen que proporcionar el bienestar y la mentalización sobre la presencia inevitable en la vida de conflictos y frustraciones, así como de su potencial valor formativo.
  • El abordaje en los distintos espacios y momentos de la vida académica de las experiencias dolorosas o traumáticas, fomentando la comunicación y la confianza en los otros como fuente de apoyo emocional, mediante la escucha empática de amigos o simplemente compañeros.
  • El disfrute del equilibrio entre actividades y/o experiencias individuales (lectura, escucha musical, danza…) y otras en las que se comparte y colabora con los demás, tanto en pie de igualdad como formando parte de un equipo jerarquizado en el que se respetan normas y funciones previamente establecidos.

La escuela debería ser espacio idóneo para aprender la “vida buena” en el sentido que otorgaban a ese concepto los filósofos clásicos. Esa aspiración no se logra creando burbujas de falsa seguridad, sino mostrando honestamente la realidad y proporcionando herramientas para acometer una aventura tan fascinante como compleja. Aspirar a ser eternamente Peter Pan solo produce angustia y melancolía, mientras que tener la capacidad de llegar a ser mujeres y hombres adultos valiosos supone un reto estimulante que proporciona ese sentido existencial tan anhelado por nuestros adolescentes y jóvenes.

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