Demos la palabra a todos

Las obras literarias se leen de distinta manera según la educación, las experiencias vividas, los estados de ánimo, las inquietudes y los mismos miedos. El disfrutar un texto o hasta dónde lograrlo depende de todos esos estados y aun otros que permitan una predisposición especial y quizá no repetible. Lo mismo vale para los críticos o los estudiosos que nos transmiten sus verdades –siempre subjetivas, parciales, limitadas y hasta quizá opuestas a las nuestras– para ayudarnos a entender y valorar una obra. Todo esto remite al esmero no historiográfico con que el docente de literatura debe elegir las obras de acuerdo con las competencias de su alumnado y el esmero con que debe ofrecer sus motivadores comentarios sobre obras relevantes.

La historia de la literatura que hacemos memorizar a las y los estudiantes para aprobar exámenes, por lo general nunca les hará lectores interesados ni ciudadanos que valoren a sus escritores, aunque estos sean brillantes. Sin embargo, la comunidad de valores de una nación también se hace a partir de estos registros magistrales que nos han ido formando de una manera y no de otra. Se supone que esas obras que figuran en el programa de literatura han marcado nuestra historia cultural de manera importante, lo cual posibilita incorporar nuestra identidad si se analizan desde el punto de vista de todo lo que nos han ido enseñando a lo largo de los siglos; por el contrario, su ignorancia, poco a poco, nos convertiría en extranjeros de nuestro desarrollo y de nuestro devenir y hasta de nuestra propia lengua, seríamos ajenos a lo que nos rodea y a lo que somos y, posiblemente, sin criterios que nos sostengan ante los vaivenes de la vida.

La falta de dominio en el despliegue de la lengua materna nos impediría comprender bien el mundo, la relaciones, los acontecimientos y, en consecuencia, la realidad, y estas deficiencias solo se lamentan cuando semejante pobreza nos ha perjudicado, por ejemplo, cuando somos víctimas de la omnipresente publicidad o nos manipula la nada inocente propaganda.

Nuestra sociedad, especialmente, se basa en el consumismo, por eso los centros comerciales se han convertido en clínicas gigantes contra la abulia, la depresión, la tristeza, la envidia, el resentimiento, etc., todo nos lleva a comprar y comprar. Así se nos aleja de buscar soluciones reales y se deja de ver a los sectores más deprimidos y vulnerables, como personas desclasadas que realmente no tienen opciones en este mundo neocapitalista. Estos, si son estudiantes, saben que no tienen nada que hacer para lograr lo que otros poseen, por eso desprecian los estudios y algunos, si pueden, roban lo que les apetece en ciertos lugares de fácil acceso. Lo hacen porque es su única manera de conseguir algo. Y si les va bien por este triste camino, seguirán por él hasta que la “justicia” los alcance y los penalice por desear lo que otros tienen de nacimiento. Por eso, un buen educador debe tener como primer objetivo motivar a este alumnado para que estudie, pues es una de sus escasas posibilidades de que progrese, aunque la constatación diaria de la aplastante injusticia de desigualdad quizá sea aún peor que ella misma.

Así, de la misma forma que se tiene atención especial con las personas con alguna discapacidad, debe tenérsela también con las personas desfavorecidas socialmente, provenientes de familias posiblemente desestructuradas o con padres alcohólicos o drogadictos, sin libros en casa, sin intereses culturales…; de manera que, cuando suspendan, tal vez haya que pensar en darles otra oportunidad, diseñada pedagógicamente teniendo en cuenta sus necesidades y conveniencias reales.

No, no se confunda esto con premiar a los vagos, a los ladronzuelos o a los violentos. De ninguna manera, pero sí hay que hablar todas las veces que sea necesario con ellas y ellos, ponerles delante modelos que revelen que pueden salir adelante, interrogar hasta descubrir qué les interesa… La escuela tiene que intentar ofrecer la oportunidad que no les brinda su hogar, sin que piensen que para obtener algo deben ser unos pillos, unos pandilleros o unos provocadores. En el caso de las chicas, el riesgo puede ser aún mayor. Quizá no sean especialmente violentas, pero sí corren el riesgo de ser violentadas incluso en su medio, por ello resulta esencial la educación sexual y toda la ayuda y comprensión de los servicios de orientación.

En consecuencia, habrá que tener en consideración que estas muchachas y muchachos suelen estar tan condicionados por su medio que, de una u otra manera, no saben actuar libremente, con lo cual pueden resultan fácilmente manipulables para llevar a cabo actos negativos incluso contra sí mismo. En este sentido, el profesor o profesora debe estar preparado para ver personas en ellos y no objetos, ni simples seres anónimos, perdidos antes de empezar a vivir. Estos como los otros tienen una biografía, sus nombres y apellidos y sus deseos de progresar, por eso hay que hacerles comprender que tienen que trabajar como hábiles artesanos en la construcción de su aprendizaje y educarlos en esta línea, ya que probablemente no tendrán otras posibilidades de conseguir salir a flote y menos aún en la sociedad robotizada que se avecina.

Estos seres son los eslabones de la maquinaria social que el sistema oxida, por eso hay que enseñarles a engrasar sus neuronas, a desarrollar interés por su futuro, con un oficio o profesión que les permita sentirse alguien. No es cuestión solo de darles una ayuda económica que pueden despilfarrar en un día, es pensar en cómo ayudarlos para que se ganen su sustento, su inclusión entre las personas que trabajan porque desean progresar y no dejarles encerrarse en guetos o “manadas” peligrosas para ellos y para el resto, o transitando en extrarradios sin apenas saber que existen.

La felicidad no consiste en comprar y tirar, menos en robar y ejercer la violencia, tampoco en dejarse estar, sino en ser capaz de adquirir lo necesario como para aspirar a sentirse uno más en el conjunto social. Compartir ideas es enriquecerse, pues sin perder las propias se pueden adquirir otras, lo mismo que compartir afectos y responsabilidades comunes nos hace mejores como ciudadanos libres. Para todo ello, ser capaz de hablar y escribir con corrección, leer con aprovechamiento y disfrutar de la cultura es básico, como fundamentaremos en próximos comentarios.

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