El trampantojo lírico

Víctor Pliego | Catedrático del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid

En Madrid hemos visto recientes ejemplos de transversalidad lírica con títulos como El cantor de México, en el Teatro de la Zarzuela, o Street Scene, en el Teatro Real. No eran óperas ni pertenecen al repertorio que habitualmente se muestra en esos teatros. Detrás de un espectáculo presentado como una ópera podemos encontrar cualquier cosa, aunque sea un título consagrado y en un coliseo especializado. El artista es libre de calificar sus creaciones como prefiera. Es una forma de adscribirse o no a una tradición y sirve para anunciar al público lo que se ofrece.

Uno sabe que esperar, más o menos, de un musical, de una película, de un ballet, de un concierto o de una novela. Pero cuando se anuncia una ópera descubrimos cosas diversas. Hay incluso ópera sin cantantes, sin músicos… La ópera es consustancialmente híbrida y polémica, porque conjuga canto, teatro, música y cualquier otro ingrediente que se quiera sumar.

La subversión ha venido casi siempre del lado de la dirección de escena que, con la excusa de actualizar títulos antiguos, aborda curiosos palimpsestos. Lo que más provoca al público no es la modernidad, ni la mayor o menor calidad final, sino topar con algo distinto de lo anunciado. Sacar un balón de futbol en una corrida de toros puede ser divertido, pero seguro que molestará a más de uno. Variaciones, traslaciones, metamorfosis y collages son técnicas legítimas, perfectamente válidas. Avisar de su empleo cuando se parte de piezas consagradas o particularmente queridas por los forofos es un gesto de cortesía. A partir de cierto punto en la transformación cabe preguntarse por qué los artistas no prefieren apostar por crear algo completamente nuevo y original. Me temo que con frecuencia es para chupar prestigio, proyección y recursos de los grandes títulos del repertorio.

Pero al abordar propuestas nuevas, tampoco es raro bautizar como “óperas” a proyectos que podrían ser cantatas, música escenificada, revistas, performances, cabarets o experimentos. Es muy complicado etiquetar el arte, pero resulta útil hacerlo para difundir lo que se ofrece, para ubicarse en la cartelera o, sencillamente, para orientar a los espectadores con un mínimo respeto. La confusión genera polémicas aparentemente molestas para incautos o fanáticos, pero que se traducen en rentas y prestigio para sus artífices. La confusión de géneros y contexto sirve para relacionar distintos públicos y para conquistar nuevos espacios. Puede entenderse como una herramienta pedagógica que rompe el elitismo de algunos círculos y abre las puertas a una ansiada popularidad. Así que no nos podemos fiar de las etiquetas. Hoy menos que nunca.

(Foto By Khalidalbusaidi – Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=51531636)

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