Cuando la lección que hay que explicar es la muerte

Ana Isabel Sanz | Psiquiatra. Directora de Instituto Ipsias

En una sociedad tan hedonista y pragmática como la contemporánea, pensar o hablar de la muerte se ha convertido prácticamente en un tabú. Como consecuencia, asimilar conscientemente el deceso de los seres queridos resulta cada vez más problemático. La dificultad se agudiza en el caso de los menores, a los cuales incomoda trasladar la noticia de un fallecimiento y acompañarles en el duelo posterior.

La inseguridad de los progenitores cuando hay que tratar ante los hijos el hecho de la muerte propicia que se traslade al docente parte de la responsabilidad de lidiar con las reacciones emocionales que despierta la desaparición de una persona (familiar, amigo, profesor, ídolo…) con la que un determinado estudiante tenía una relación significativa. Es más, aunque no exista tal demanda de los familiares, el enseñante no debería mantenerse al margen de la situación que puede estar atravesando un integrante de la clase por la muerte de alguien cercano. En definitiva, el dolor ante las pérdidas no ha de ser cuestión ajena al interés del profesorado por cuidar el clima del aula, e incluso cabría plantearse la conveniencia de introducir esta nada banal cuestión en las iniciativas dirigidas a promover la educación emocional del alumnado.

Ante un momento tan delicado conviene evitar el silenciamiento o el escapismo, y no dejar sola a la persona afectada por la pérdida, escuchando atentamente cualquier pregunta que desee formular y respetando la expresión de su estado anímico.

A modo de guía sucinta para introducir el abordaje de la muerte y el duelo en los programas escolares o para orientar la actitud de los miembros del claustro ante un menor que está atravesando está experiencia, me gustaría enunciar las siguientes cuestiones:

  • Afrontar el fallecimiento de un ser querido inevitablemente resulta doloroso y no conviene censurar la expresión del tal malestar.
  • Cada persona lo asume como sabe o como puede en función de su edad, personalidad, recursos emocionales, la relación con la persona fallecida… A pesar de que se han popularizado como características las fases estudiadas por Elisabeth Kübler-Ross, no existe una manera única de transitar por este proceso. Es cierto que existen una serie de estadios que siguen la mayoría de las personas, pero el tiempo de estancia en cada una de ellas varía.
  • En ningún caso debemos considerar que el duelo constituya un proceso homogéneo ni que las peculiaridades que se apartan del patrón más frecuente resulten preocupantes o signo de que algo marcha mal.
  • No existen “recetas” estandarizadas para transmitir la información sobre lo que ha pasado. Cada cual tiene su vocabulario, su forma de expresarse, su tiempo y momento para hablar de lo ocurrido, y conviene respetar las necesidades específicas de cada sujeto ante un momento tan delicado e íntimo. El tacto en la forma de abordar el duelo de un tercero se convierte en especialmente necesario en el caso de los menores.
  • Los más pequeños precisan un ritmo diferente al de los adultos para asimilar el fallecimiento del ser querido. Algunos pueden romper a llorar, otros enfadarse y otros hacer como que no va con ellos. Estas diferencias en la expresión de las emociones resultan totalmente naturales y no deben despertar la alarma en los docentes, quizá demasiado agobiados por ideas preconcebidas sobre cómo se expresan las emociones negativas. Cada estudiante exteriorizará sus sentimientos cuando se encuentre preparado para ello. Los adultos que rodean al afectado, tanto en el ámbito académico como en el doméstico, han de observar y estar dispuestos a que este formule las emociones y las preguntas que le surjan en cada momento.
  • La edad del menor constituye una variable importante que matiza cómo se debe actuar. Aunque sea muy pequeño –incluso con 2 o 3 años– se le debe contar que la persona fallecida no va a volver. A pesar de la edad, el niño o la niña se dan cuenta de que algo importante y negativo está pasando en su entorno cercano. Pueden no comprender del todo el alcance de lo que significa fallecer, pero sí que ocurre algo muy trascendente.
  • Las palabras son importantes y conviene no aportar demasiados detalles sobre el fallecimiento si estos no son fácilmente comprensibles. En función de las creencias del entorno familiar y escolar se escogerán diferentes imágenes para explicar las implicaciones de lo sucedido y proporcionar consuelo al dolor.
  • La literatura puede constituir una herramienta sumamente útil para adentrarse de forma constructiva en esta compleja travesía emocional. A medida que la edad del alumnado es mayor, la plasmación escrita de las vivencias asociadas a este evento resulta una vía recomendable para convertir el sufrimiento presente en sustrato de resiliencia ante adversidades futuras.

Sentarse con un menor para contarle o para escuchar que un ser querido ha fallecido suele resultar incómodo e incluso penoso para un docente. En definitiva, los adultos tienden a desear protegerle y evitar sufrimiento. Pero toda protección tiene su límite y nadie puede aislarle permanentemente de realidades amargas que son ineludibles. El objetivo debería ser más bien comunicárselas de forma serena, ayudarle a asumirlas y a expresar los sentimientos que le despiertan.

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