¿Seguimos “repitiendo” para mejorar la educación?

María Antonia Casanova | Universidad Camilo José Cela (Madrid)

Aprovechando la fecha de final de curso en la que aparece este artículo, el tema que planteo puede ser una buena reflexión de cara a la toma de decisiones en cuanto a la conveniencia de que algún alumno o alumna “repita” en el próximo, a la vista de los resultados de aprendizaje insuficientes que haya alcanzado hasta ahora.

Vayan por delante los datos “objetivos” de que disponemos estadísticamente, presentados en el informe Desigualdad territorial en educación y gestión de las competencias por la CCAA, de FIDEAS (Fundación Investigación, Desarrollo de estudios y Actuaciones Sociales), el pasado 22 de mayo. La tasa media de repetición del alumnado en España es del 14,3% en Educación Primaria y del 31,4% en Educación Secundaria Obligatoria. Es decir, que, por unas u otras causas, ese alumnado vuelven a hacer lo mismo que hicieron el año anterior, esperando que con esa medida se arregle todo lo que no funcionó hasta el momento.

No obstante, hay que señalar que entre unas comunidades autónomas y otras hay diferencias significativas. Sin dar “nombres” (que están disponibles en el informe citado), digamos que la diferencia en Primaria oscila desde el 7,5%, en la que menos, hasta el 18,3%, en la que más. Impresentable. Pasando a Secundaria Obligatoria, la Comunidad que sale mejor parada lo hace con un índice de repetición del 20,8%, llegando al 35,9% la que peor resultado tiene. También impresentable, partiendo de la base de que estamos refiriéndonos a dos etapas de educación que son obligatorias. ¿Para qué “obligamos” a estar en ellas? ¿Para hacer siempre lo mismo con resultados insatisfactorios? ¿O para buscar soluciones eficaces y que nuestro alumnado aprenda cada día mejor y se capacite para incorporarse a la sociedad en buenas condiciones de éxito, personal y profesional?

Creo que este es un dato que debería preocupar y ocupar a las administraciones educativas de España. A todas sin excepción, ya que un niño, niña o adolescente que cursa su educación obligatoria nunca debería “repetir” nada, sobre todo cuando hay constancia de su escaso beneficio. En todo caso, podría o debería permanecer un año más en el grado en el que ha estado durante un curso académico, pero no para hacer lo mismo, sino para seguir aprendiendo, es decir, para avanzar en sus competencias y conocimientos mediante diferentes estrategias metodológicas, fundamentalmente. Pero, como es obvio, algo habrá que cambiar si los procedimientos anteriores no han funcionado como se esperaba. Evidentemente, siempre pueden existir situaciones excepcionales, como es una enfermedad larga, alguna intervención importante, un cambio de residencia…, que justificarían plenamente esa permanencia del alumnado en el mismo grado, por supuesto, pero ya se entiende que los porcentajes que hemos presentado no responden a estas circunstancias.

Por otro lado, hay que destacar el papel que cumple el modelo de evaluación para que se produzcan estos porcentajes de repetición, que en etapas no obligatoria llevan al abandono. Si se sigue valorando el aprendizaje mediante el examen como medio exclusivo para comprobar el avance del alumnado, no lo estaremos haciendo bien. El examen valora solo lo que, habitualmente, es la memorización de determinados conocimientos, aprendidos o solo memorizados, que luego suelen olvidarse (se olvidan, de hecho) porque ya cumplieron (o no) la función de aprobar. Pero esto no es evaluar la formación de una persona con la que el profesorado está todos los días. Será mejor realizar una evaluación continua de lo que va haciendo habitualmente en el aula, a lo largo de todo el año, de modo que sea posible valorar no solo lo que memoriza, sino también los aprendizajes que ha incorporado a su vida, las actitudes ante sí mismo y ante los demás, los procedimientos para seguir aprendiendo que ha adquirido…, y un enorme cúmulo de formación en todos los órdenes de la vida que suelen ser más importantes que la mera repetición literal de lo que dice un libro o un maestro.

Me he referido a las administraciones, porque pueden tomar medidas a partir de las cifras arriba señaladas, que resultan indicadores importantes, pero que no explican lo que está ocurriendo en los centros docentes. Después de disponer del dato, hay que investigar qué está pasando para continuar con los índices existentes, que no conducen a nada bueno para la calidad de nuestro sistema educativo. España es uno de los países de la OCDE en los que la tasa de repetición es más alta, mostrando, además, un claro sesgo social: se da en mayor medida en los centros públicos y en las clases sociales desfavorecidas culturalmente. Si aparece en la Educación Primaria, es un pronóstico fijo de futuros problemas de aprendizaje en Educación Secundaria.

Otra razón de peso para la actuación inmediata de las administraciones: las diferencias mostradas entre las CCAA suponen una clara desigualdad de oportunidades para la población, que no es responsable de haber nacido o residir en unas y no en otras. Todo el alumnado tiene el mismo derecho a una educación de calidad y los datos que se presentan son el más claro exponente de que este derecho se está lesionando.

Por otra parte, hay que insistir en que la flexibilidad del sistema favorece el éxito escolar, pues permite adecuar la enseñanza a los tiempos y estilos de aprendizaje del alumnado. Un dato objetivo: en el primer año de la implantación de la LOMCE (2015-2016), con la supresión del ciclo como unidad curricular y organizativa en la Primaria –tres ciclos de dos años– y la estructura por cursos –seis en total–, se incrementó la repetición en un 49% con respecto al curso anterior. Conclusión: cuando se introducen elementos de rigidez en el sistema, se deteriora su funcionamiento. Lo mismo ocurre con el establecimiento de tantas pruebas de evaluación externas, que, como ya hemos comentado en otras ocasiones, suponen la dedicación de demasiado tiempo para entrenar al alumnado en su superación, en vez de dedicarlo a la adquisición de competencias y nuevos aprendizajes.

Una consideración final, ante la necesidad de eliminar las tasas de repetición. En ocasiones, alumnos que “suspenden” en nuestro sistema, “aprueban” cuando se aplica PISA. Paradójico, ¿no? Quizá no estemos teniendo en cuenta lo que debemos. PISA valora competencias, mientras que nosotros seguimos centrándonos en la memorización de conocimiento.

Termino con una frase conocida de Stefen Covey: “Si seguimos haciendo lo que estamos haciendo, seguiremos consiguiendo lo que estamos consiguiendo”. Algo habrá que cambiar, ¿no? El profesorado puede comenzar ya, sin necesidad de nueva legislación, a trabajar con diversas estrategias metodológicas que atiendan a las peculiaridades de su alumnado y, en consecuencia, a evaluar coherentemente todo lo que el estudiante aprende cada día. La Administración, estatal y autonómica, debe investigar cómo se puede acometer eficazmente esta situación, y poner en marcha medidas que eliminen las diferencias territoriales y la repetición inútil y traumática del alumnado.

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