Profesores y artistas

Víctor Pliego | Catedrático del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid

Para enseñar música hay que saber la música, lo mismo que para enseñar francés o cualquier idioma hay que dominarlo. Pero ¿es necesario ser un concertista? En el caso del idioma, ¿hay que ser novelista o dramaturgo? En los conservatorios valoramos mucho a quienes tocan y no solo enseñan. Sin embargo, no resulta fácil compatibilizar ambas actividades. Los mejores intérpretes suelen viajar y dar conciertos por doquier, lo cual dificulta la atención regular a su alumnado. Por su parte, la docencia exige gran dedicación y desgasta mucho. Además, las compatibilidades están limitadas por razones prácticas y legales.

A pesar de todo ello, los aprendices quieren estudiar con los intérpretes más famosos. La experiencia es un valor que hay que transmitir a las futuras generaciones en el plano artístico y laboral. La presencia de profesionales conocedores del medio resulta especialmente necesaria en los estudios superiores que precisamente tienen como fin formar músicos profesionales. Para facilitar la colaboración de estos artistas, evitar abusos y cumplir la ley, cabría establecer la posibilidad de enseñar con jornada reducida por asuntos artísticos o personales.

Otra alternativa consiste en fomentar las clases magistrales ofrecidas puntualmente por grandes artistas. La flexibilidad de horarios lectivos que tanto se demanda es muy difícil de llevar a la práctica, dado que cualquier cambio repercute sobre un amplio abanico de clases, actividades, horarios, alumnos y profesores. Sin embargo, tal vez el futuro de la enseñanza sea sin horarios ni asignaturas, a través de la gestión de las tareas a demanda de las partes, coordinada desde plataformas en línea como ocurre con otras labores colaborativas que están revolucionando hoy tantos sectores.

El modelo clásico de aprendizaje en contacto directo con un maestro sobrevive, pero se ve superado por otras muchas funciones que cambian y crecen constantemente. El reto consiste en combinar las variadas competencias artísticas y pedagógicas dentro de cada perfil y equipo docente. Una postura generalizada proclama la elección personal de los equipos por parte de la dirección de cada centro, pero ello conduce a un clientelismo que no favorece la calidad ni la independencia educativa. La selección de docentes por concurso público es más lógica, pero despiertan las protestas de quienes no se ven favorecidos por el sistema. En esta línea, los procedimientos de promoción interna convocados para el acceso a las cátedras de conservatorio han sido objeto de críticas basadas en que no garantizaban la calidad artística de los aspirantes. Pero ¿y la calidad pedagógica?, ¿dónde queda? Las quejas se fundan en que estos procedimientos consisten en un concurso de méritos carente de pruebas prácticas. Sin embargo, no cabe la posibilidad de que nadie llegue a ser profesor de instrumento sin tocarlo y los aspirantes a cátedra han superado previamente las correspondientes pruebas prácticas para ser profesores.

Una cuestión muy distinta es cómo se desarrolla la carrera artística más allá de la oposición. Hay quien tras aprobar la oposición da conciertos con más o menos éxito, quien deja de hacerlo, quien toca en su casa o quien no toca nunca más. En un sector tan cercano a la música como es la danza, se tiene en gran estima el magisterio de quienes ya no bailan por edad o por otras circunstancias, y se considera que la transición de la actividad artística a la docente es algo completamente natural. Sin embargo, haber desarrollado una vida artística no guarda necesariamente una relación con la capacidad pedagógica.

En nuestros conservatorios podemos encontrar ejemplos para todos los gustos y la realidad supera cualquier proyección imaginable. Hay grandes artistas, grandes profesionales y también hay quien, a veces, une ambas cualidades. Lo mismo ocurre en cualquier otro campo profesional donde encontraremos menos idolatría. La recopilación sistemática de datos y encuestas podrá ofrecernos algún día un escenario lo suficientemente claro como para realizar un análisis fundado, así como una planificación lógica. En tanto podemos apelar al tacto y al sentido común.

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