El ocio creativo

María Antonia Casanova | Universidad Camilo José Cela (Madrid)

Hay diferentes modos de entender el ocio: desde un no hacer nada hasta multiplicar las actividades siempre que sean divertidas o, simplemente, no productivas en el sentido más pragmático del término.

Mi experiencia personal me permite realizar la afirmación anterior. Son diversos modos de vivirlo en función de culturas y países variados. Centrándome en nuestra cultura occidental, apuesto por disfrutar del ocio no solo como actividad complementaria a lo considerado como trabajo o como estudio (si nos referimos al alumnado), sino también como estado de descanso o “contemplación”, que no implique la urgente necesidad de estar haciendo algo de forma constante, sin parar, como muchas familias lo consideran apropiado cuando se trata de organizar la vida de los hijos.

Quiero recuperar el concepto de lentitud en educación (derivado del movimiento “slow”, promovido por C. Honoré), que resulta coherente con el planteamiento que ahora hago, contrario a la aceleración exacerbada que tenemos en nuestra sociedad y que intentamos imprimir en la vida de los niños y de las niñas desde sus primeros años. Pareciera que la persona solo “produce” cuando se mueve, cuando realiza acciones que “se ven”. Sin embargo, eso no es cierto. Son muchas las personas “creativas”, en general, es decir, emprendedoras, arquitectas, escritoras, pintoras, escultoras, científicas, filósofas, compositoras…, que aseguran rotundamente: “Me encanta no hacer nada. Es entonces cuando las buenas ideas surgen” (Anupama Kundoo, arquitecta). Está comprobado. Hay que detenerse a reflexionar para que aparezcan nuevas ideas. En el atropello del día a día no hay tiempo para crear, para comenzar caminos nuevos y atractivos hacia metas utópicas, imprescindibles para avanzar y seguir adelante hasta el infinito.

No estoy segura de que “lentitud” sea la palabra más adecuada para la educación, pero sí lo es el “ritmo” (no siempre acelerado), o sea, la adaptación de la actividad a la evolución interna de la persona, a su pauta de avance consolidado.

Hay que aprovechar los tiempos de verano, por ejemplo, para pensar en el comienzo del nuevo ciclo de intensa actividad que se avecina y organizarlo de manera que no se pierda esa posibilidad de crear en momentos de ocio, que habrá que buscar y cuidar para que no desaparezcan cuando finalicen las vacaciones. Ahora estamos ante una buena oportunidad de hacerlo: en primer lugar, de aplicar este tiempo libre estival para imaginar, para crear, para leer, para organizar nuevas vías de relación y actividad; en segundo lugar, para proponernos en firme rescatar tiempos de ocio en medio del trabajo o del estudio para no desaprovechar once meses de nuestra vida sin saber con certeza hacia dónde vamos o, quizá, hacia donde nos arrastra el medio.

Ni que decir tiene que la educación posee una importante llave para conseguir esta mirada futura. Familias y centros educativos deberán replantearse lo que conviene a la existencia de la infancia, adolescencia y juventud, que depende en gran parte de los enfoques adultos responsables de dirigirla. También son necesarios tiempos de ocio en la vida estudiantil: favorecerán la creatividad, la afectividad, la emoción ante el aprendizaje… Factores que se ponen de manifiesto como claves para el desarrollo personal de cada uno de nosotros. Y también para ese aprender permanente que nos exige la sociedad actual.

Sirvan estos pensamientos veraniegos para introducir un nuevo periodo de estudio y trabajo más sosegado y, por supuesto, más productivo en lo que es realmente importante para la educación, que no siempre se centra en memorizar conocimientos indiferentes olvidados en dos días. Orientemos la vida hacia el crecimiento interno, personal, reflexivo…, ese que permanece a lo largo de los años y que todos reconocemos como adquirido gracias a las enseñanzas de un docente con ideas claras que supo transmitirnos un verdadero sentido del quehacer en el mundo.

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