La escuela, lugar de libertad y trabajo

María Victoria Reyzábal | Especialista en Lengua y Literatura

Dicen que la educación debe cambiar para preparar el futuro, pero mejor sería plantear que debe orientar, guiar, gestionar ya ese futuro desde sus propuestas curriculares y extracurriculares; lo otro suele quedar en teoría, en buenas intenciones, en un quiero pero no puedo. Aunque no suene bien la palabra, en lugar de remover y adornar contenidos, pues no se sabe por dónde irá el mundo en los próximos años, cosa relativamente obvia, diseñemos “utopías” contextualizadas y razonables. Pensemos en ciudades con energía sostenible, jardines verticales, aprovechamiento de residuos, aire limpio, seguridad, etc., todas variantes que constatando cómo van las políticas de los gobiernos y las necesidades de los ciudadanos están en cartera desde hace años, pues ya va siendo hora de que se ofrezcan propuestas innovadoras que no queden en predicar que todos tenemos que usar las bicicletas –justo cuando aumenta el porcentaje de gente mayor– o que habrá que subir los impuestos para continuar sepultados en plástico debido al ansia consumista.

Ni los docentes tienen que reducirse a meros receptores de currículos oficiales y legislaciones varias, ni actuar como difusores acríticos y circunspectos de ellos, ni los estudiantes en simples memoristas de lecciones orales o distraídamente leídas en manuales. Será más útil debatir proyectos propios que realizar ejercicios cansinos y anacrónicos. Tampoco las tareas en casa parecen demasiado útiles según los últimos estudios, mejor investigar, leer libros de distinto tipo y comentarlos, sin tener la obligación de asistir a una especie de prisión por horas para aburrirse, donde la creatividad se soslaya y el pensamiento crítico suele no ser bien valorado.

Con estos nuevos planteamientos se debería dar la palabra a los distintos tipos de estudiantes y no solo a los de siempre. La escuela no está para militarizar los saberes y menos las exigencias de aprendizaje. Si todos los estudiantes son diferentes, para evaluar habrá que tener en cuenta distintos rasgos, cualidades y aportaciones. Tampoco los docentes deben dejarse manipular por el sistema o por los padres –ni siquiera en los colegios privados– o el alumnado por sus docentes y sus mayores. La escuela no es una fábrica, ni un convento, ni un reformatorio, ni tampoco un parque de atracciones. La escuela es una comunidad organizada en aras del aprendizaje de niños, niñas y jóvenes para que lleguen a ser ciudadanos libres, constructivos y críticos, curiosos e innovadores, solidarios y generosos, capaces de elegir su quehacer futuro y de avanzar en aras de construir un país –un mundo– con calidad democrática y equidad social, a la vanguardia del ser y el estar.

Si en España tenemos unos setecientos mil docentes  en enseñanzas de régimen general no universitarias y en la universidad más de ciento veinte mil, según datos del Ministerio, y todos se comprometen a sacar adelante a sus estudiantes, adecuando metodologías y recursos y formando en valores, ética social, equidad de género, equilibrio emocional y resiliencia, el futuro será prometedor.

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