La escuela como modelo social

María Victoria Reyzábal | Especialista en Lengua y Literatura

Parece que habrá una nueva propuesta curricular en la que se suprimirán, modificarán y agregarán diversos componentes, entre ellos cuestiones relacionadas con los valores. En su momento, contamos con los ejes transversales y sus contenidos (conceptuales, procedimentales y actitudinales), pero el hecho innovador multidisciplinar y dependiente del buen criterio del profesorado los dejó para ser tratados en ciertas fechas simbólicamente o gracias al fervor de algunos docentes especialmente sensibles. Colocarlos ahora dentro de una asignatura me parece asegurar su parte conceptual, pero jibarizando su realidad de globalidad académica con aportaciones desde todas las áreas y contextos. Mas este sería un debate profundo y demasiado extenso para el presente artículo.

Quiero destacar, sin embargo, la importancia del cambio climático como condicionante del medio en muchos casos arrasado, la contaminación y/o destrucción humana del mismo, y las escasas o fingidas soluciones que se están dando al problema, lo que también acarrea la necesidad de que muchas personas tengan que dejar sus países para emigrar hacia zonas donde al menos se pueda comer aun en situación precaria.

En este sentido, es obvio que debemos aprender a respetarnos y a cuidar el planeta que nos cobija y ya no sobra tiempo, pues van desapareciendo islas debido a la subida del nivel del mar, aumentan las deforestaciones, las desertizaciones y los desechos. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados, la cifra de los desplazados –debida exclusivamente al cambio climático– ascendería ya a unos mil millones de personas en los próximos años; obviamente, estas migraciones resultan mucho más numerosas que las que generan los conflictos armados. Por otra parte, contamos con más de 150 millones de niños esclavizados y que trabajan desde los 5 años. No obstante, esta gente no puede entrar en nuestros países con la condición de refugiados (climáticos), por lo que dependen completamente de la suerte, generalmente esquiva.

A su vez, las explotaciones industriales, mineras, petrolíferas y gasísticas de las grandes empresas contaminan el agua y destruyen el suelo en muchas zonas en las que campan las multinacionales y sus ansias voraces de ganancia económica, dejando a los pobladores sin posibilidad de subsistir en su lugar de origen, aumentando así enfermedades, sequías e inundaciones, incluso incrementando la desaparición de especies, dañando con ella la variedad de la vida animal en la naturaleza.

Y claro, de entre los cincuenta países afectados gravemente, treinta y seis son africanos. ¿Cómo extrañarnos entonces de que estos arriesguen sus vidas cruzando el Mediterráneo de cualquier manera? Estas “calamidades” afectan más, como siempre, a las personas vulnerables con pocos recursos, con edad avanzada o alguna enfermedad o discapacidad.

Está probado que la temperatura media del planeta aumenta y que las alternativas al calentamiento global y a sus consecuencias no se concretan en la medida necesaria para, al menos, suavizar los daños. ¿Cómo evitar que en esta situación emigren, aun sin obtener reconocimiento como refugiados, estas víctimas del capitalismo deshumanizado y depredador?

Ante este panorama, la educación resulta fundamental para unos y para otros, en un empeño mundial por la corresponsabilidad solidaria. Además de que esperamos que el currículo se ocupe de esta realidad de manera honesta, generosa y despolitizada, ¿qué puede hacer la escuela para, al menos en su ámbito, mostrar otra manera de convivencia, de solidaridad, de lucha comprometida contra la pasividad y la indiferencia? Fundamentalmente, además de respetar el currículo oficial, cada centro escolar puede diseñar su propia propuesta basada al menos en tres ejes nucleares comunes a todos: equipo directivo, claustro, familias, alumnado, inspección y personal no docente.

Primero, implantar la obligatoriedad de una verdadera escuela inclusiva, exigencia sancionada, declarada y, por lo general, nunca del todo implementada. Para trabajar en esta línea, recomiendo la bibliografía de la profesora María Antonia Casanova, colaboradora de esta revista y autoridad internacional reconocida en estos saberes.

Segundo, afianzar el centro como una institución resiliente, no solo en el sentido de que cada miembro resista las adversidades, sino que de ellas salga fortalecido y con nuevas energías para seguir luchando valientemente por el bien general. No olvidemos que, en España, al menos se suicidan diez personas por día, aunque estas cifras se camuflen como tales, no así el dolor que generan en las familias; por otra parte, el acoso aumenta al igual que las depresiones infantiles.

Y, en tercer lugar, iniciar el proceso para conseguir un centro ecológico que gestione las medidas necesarias para desechar plásticos –tan dañinos en tierras y mares– y otros residuos, evitar despilfarros, respetar el medio ambiente estudiando los árboles y plantas de la zona, las aves, los peces y demás animales del lugar para garantizar su supervivencia y gozar su belleza.

De esta manera, cuando lleguen los cambios nos encontrarán en el camino de la transformación con pensamiento crítico y metodologías creativas, defendiendo la biodiversidad que es la encargada de garantizar la supervivencia de todos. Debemos formar ciudadanos libres, críticos y creativos, con conciencia universalista, capaces de asumir que si queremos evitar trágicas avalanchas iberoamericanas, africanas o asiáticas, tendremos que establecer sistemas de bienestar social en sus propios países, garantizando la paz, la equidad y los valores sociales, sin olvidar que la educación modula futuros.

Fotografía: Massimo Sestini

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