Docencia, relaciones personales y salud emocional

Ana Isabel Sanz | Psiquiatra. Directora de Instituto Ipsias

Si nos planteáramos un perfil de los rasgos personales y de las competencias del enseñante ideal, sin duda habríamos de tener en cuenta que una parte importante del quehacer diario de cualquier profesional de la enseñanza pasa por mantener el equilibrio (frecuentemente complejo y delicado) en relaciones humanas con características, exigencias y dificultades muy distintas. La profesión docente implica entrar en interacción con el alumnado, con las familias y el claustro, así como con los representantes de la autoridad educativa.

Siempre que se producen interacciones entre seres humanos el conflicto puede resultar inevitable y no en todo momento se dispone ni del equilibrio personal, las herramientas técnicas o los apoyos del contexto para que la resolución de esas fricciones sea oportuna, eficaz y ajustada a los principios de la convivencia pacífica. Cuando las tensiones diarias se soslayan pensando que es más sencillo mirar hacia otro lado que hacer frente a las dificultades cuando estas todavía son abarcables, el clima escolar se enrarece progresivamente y puede alcanzar niveles de insalubridad lo suficientemente dañinos para convertirse en un factor generador de malestar.

Las consultas médicas atienden a un elevado número de profesionales de la enseñanza que demandan solución a su malestar emocional o físico. Cuando lo hacen suelen llevar tiempo experimentando (a veces de manera distorsionada) el temor a no ser capaces de gestionar aspectos como:

  • El ejercicio de una autoridad necesaria y razonable (es decir, no despótica pero nítida) ante su alumnado.
  • La atención minuciosa y comprometida a las posibles manifestaciones de humillaciones y tratos agresivos entre estudiantes.
  • La toma de decisiones ecuánime pero nunca débil o desidiosa (el “mañana será otro día”) sobre situaciones generadoras de polémica (un hecho que, dada la confusión ética y a la vez la creciente exigencia de la sociedad en la que estamos inmersos, puede producirse en el momento menos esperado).
  • La defensa transparente y firme de sus criterios pedagógicos y disciplinarios ante la interpelación de los familiares o de sus superiores jerárquicos.
  • La petición de asesoramiento y apoyo a sus compañeros y responsables cuando se producen situaciones polémicas que implican enfrentamientos con alumnado, padres u otros colegas.
  • La adopción de una posición profesional que implique combinar el compromiso con todo lo que afecta a su tarea en el centro y la capacidad de desconectar de tales responsabilidades cuando la jornada laboral ha concluido.

La anticipación de presiones en la compleja constelación de relaciones a las que hacen frente origina en algunos educadores una permanente sensación de hiperexigencia y de temor a no ser capaces de hacer frente a las demandas de terceros (alumnado, progenitores, directivos…). Es lo que se conoce como “estrés laboral”, que se concreta en diversas reacciones fisiológicas en el organismo, las cuales pueden ser un estímulo para buscar alternativas a esas fricciones, o convertirse –superado un cierto tiempo e intensidad– en fuente de daños emocionales y físicos (irritabilidad, insomnio, alteraciones digestivas, molestias musculares, cansancio, fallos de concentración…).

Las ausencias temporales al trabajo o las incapacidades laborales transitorias buscando el alivio parcial de ese malestar no suelen resolver nada; más bien acentúan la inseguridad y dificultad para retornar a un ambiente que ya no se percibe con suficiente objetividad y se juzga en todo momento como hostil. El simple alejamiento de las dificultades puede cronificar el inadecuado afrontamiento de las exigencias cotidianas del ambiente académico y transformar al sujeto en un ser amargado, falto de confianza y mermado en sus capacidades psíquicas y físicas tanto dentro como fuera de su horario laboral. Es lo que se conoce como “síndrome del profesional quemado” (que muchos conocerán como burnout), un serio problema de salud al que la OMS acaba de conceder entidad propia como enfermedad en la undécima versión de su clasificación oficial (CIE-11). La depresión y la ansiedad pueden constituir el eslabón final y más severo de esta secuencia de las tensiones laborales no bien enfocadas ni atendidas en el momento adecuado.

Animo a la adopción de medidas que prevengan la sensación de indefensión de los enseñantes en el momento de afrontar los conflictos interpersonales en las escuelas y doten al estamento docente de herramientas que no forman parte de la formación recibida.

Como ya se señalaba en el ensayo Resiliencia y acoso escolar. La fuerza de la educación (La Muralla, 2014), para favorecer la resiliencia del colectivo docente y su fortalecimiento y capacitación para ejercer con seguridad y entusiasmo su tarea, resulta fundamental:

  • La implicación directa y continuada del equipo directivo en el apoyo emocional al colectivo docente.
  • La planificación sistemática de reuniones del departamento o del claustro para intercambiar vivencias y criterios de actuación.
  • La promoción de actividades conjuntas de los docentes más allá de las reuniones convencionales (sin que ello implique incrementar el horario laboral).
  • La adquisición de herramientas para gestionar más adecuadamente las emociones y la tensión o, si es preciso.
  • La consulta a asesores especializados y bien formados que ayuden a cimentar actitudes de seguridad, confianza y disfrute ante el desempeño profesional y personal que a veces genera una tarea tan exigente como la de enseñar.

Creo que no debo finalizar este escrito sin abordar un aspecto “tabú” aunque creo ineludible en la promoción de la buena salud emocional del que enseña. Parte de las creencias distorsionadas que pueden alterar la dinámica de todo el centro es pensar que el ejercicio de la docencia resulta un “infierno” o un “demonio” que devora a los que lo practican. ¡Párense a reflexionar en cuáles son sus condiciones laborales y hagan la lista de aquellas en las que su calidad de vida es un modelo para otros sectores de la sociedad! ¡Sean capaces de enorgullecerse de lo que es valioso y no contagien de pesimismo a su entorno laboral con excesos en el uso de ciertas licencias! Esa actitud también limpia de temores y genera confianza en el conjunto de la comunidad. Que su compromiso, responsabilidad y motivación sean ejemplo para sus compañeros en los momentos de duda y para sus estudiantes. Ser consecuentes con la opción profesional y honestos en su compromiso resulta sin duda una contribución valiosa. Empieza el curso, ¡pongámonos también a esta tarea!

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