¿Y si las vacaciones escolares empezaran en septiembre?

Ana Isabel Sanz | Psiquiatra. Directora de Instituto Ipsias

Tras días de entrega de notas, actividades especiales prevacacionales, intensivas reuniones con padres y colegas las aulas se vacían de estudiantes y, mientras el centro escolar adquiere una inusual calma, las familias se enfrentan al momento crítico de hacerse cargo del tiempo libre de sus vástagos. Apoyo de abuelos, campamentos urbanos, viajes formativos al extranjero… funcionan como alternativas más o menos funcionales para una etapa que pone a prueba la dinámica y solidez de las relaciones intergeneracionales, así como la posibilidad de conciliar satisfactoriamente el ámbito doméstico y el laboral.

Muchos progenitores experimentan, a veces con bastante antelación, la presión (para algunos auténtica angustia que les lleva a consultar con el especialista en salud mental) de no saber cómo afrontar la organización de tantos días libres. Se debaten entre su propia necesidad de descanso, las exigencias de sus empleos, las demandas de sus hogares… y viven conflictivamente la posibilidad de ser controladores en exceso o demasiado permisivos con los menores de la casa una vez que han finalizado el curso. En ese momento posiblemente echan en falta que en los intercambios con el equipo docente no se contemplara un apartado para recibir asesoramiento y aunar criterios acerca del ocio infantil, período con una inmensa potencialidad como fuente de disfrute y nuevos aprendizajes, pero también posible origen de malos hábitos o incluso de conductas disruptivas (y es que las horas vacías y el consiguiente aburrimiento propician el malestar emocional –en forma de insatisfacción, ansiedad, malhumor, rabietas, peleas constantes con terceros, aislamiento…– que puede canalizarse recurriendo abusivamente a artilugios tecnológicos o, incluso, a través de actuaciones antisociales más o menos graves según la edad).

Los momentos lúdicos son necesarios para el desarrollo equilibrado de niños y niñas. Durante ellos no solo disfrutan y descansan del esfuerzo y la tensión que acarrean las múltiples actividades planificadas que llevan a cabo diariamente, sino que también obtienen otros beneficios como:

  • reforzar vínculos familiares en un contexto distendido;
  • desarrollar habilidades para interaccionar satisfactoriamente con sus iguales o con adultos que no pertenecen al círculo familiar ni escolar;
  • descubrir y practicar aficiones sin implicaciones “competitivas” (escucha-práctica musical, lectura-expresión escrita, exploración de la naturaleza…) que les proporcionan bienestar y les ayudarán a afrontar momentos emocionales negativos;
  • ampliar el conocimiento acerca de sus potencialidades personales (motrices, sensoriales, cognitivas, afectivas…) al entrar en contacto con ambientes diferentes a los que frecuentan habitualmente;
  • potenciar su imaginación y creatividad gracias a la experimentación de alternativas autónomas para afrontar retos.

Contrariamente a lo que se pueda pensar, la capacidad para organizar el tiempo libre no se desarrolla espontáneamente, sino que también se educa. Sin la orientación mesurada (es decir, directiva en su justa medida) de personas significativas –bien por el parentesco bien por mantener una relación cercana– o adecuadamente formadas (profesores, monitores de tiempo libre…), los menores quedan librados a la influencia incierta o directamente nefasta de las presiones publicitarias, del visionado pasivo y acrítico de las series televisivas y del hipnógeno atractivo de los dispositivos electrónicos a los que tienen acceso. Sin demonizar ni descalificar las videoconsolas, los ordenadores, las tabletas o los teléfonos móviles, conviene insistir una vez más en que el valor enriquecedor de estas máquinas se invierte cuando se convierten en monopolizadoras exclusivas de la atención de sus usuarios o en mecánicas vías de evasión que les aíslan de la realidad tangible incluyendo el trato con otras personas.

La niña o el niño que cuenta con la interlocución de padres o educadores sobre cómo saborear las horas de asueto amplía su óptica acerca de las múltiples fuentes de entretenimiento de que dispone y aprende a obtener mayor placer con su utilización. Los menores tienen capacidad de descubrir por sí mismos algunas posibilidades de disfrute, pero su creatividad no es ilimitada y necesitan un empuje que en determinado punto solo las personas maduras les pueden proporcionar.

Las vacaciones serán para las familias (aquí no hay que olvidar que muchos  miembros del claustro también tienen hijos e hijas) un placer compartido y no un reto agotador si existe una preparación previa que podría empezar durante el curso con eventos en los que toda o parte de la comunidad educativa comparta en buena armonía alternativas diversas para el ocio, entre las que cito algunas propuestas como meras sugerencias:

  • juegos cooperativos más que competitivos;
  • deportes en los que se interiorice realmente que lo importante es la participación y no el triunfo a toda costa;
  • tareas de la vida cotidiana en la que los progenitores aportarán interesantes saberes (habilidades como cocineros, destrezas en el bricolaje, experiencia en la reparación de objetos, aptitudes como bailarines…), intercambiando temporalmente el liderazgo con los docentes;
  • reuniones teórico-prácticas en las que se intercambien –bien en asambleas autogestionadas, bien bajo la guía de expertos– preocupaciones, vivencias y alternativas acerca de la adecuada orientación del ocio y de la convivencia familiar en general;
  • experiencias compartidas por los menores, los progenitores y/o los educadores en las que se haga hincapié en cómo vivenciar en plenitud y calma cada momento, estableciendo una relación tranquila, comprensiva y atenta con uno mismo y con el entorno.

El ejemplo constituye posiblemente una de las principales fuentes de aprendizaje en este terreno, y nuestras y nuestros estudiantes serán más creativos con su tiempo libre si perciben cómo sus mayores disfrutan y les hacen copartícipes de los buenos momentos. Por eso, quizá la preparación de las vacaciones no debería postergarse a junio, sino construirse paulatinamente desde el primer día de clase.

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