Las cicatrices del acoso escolar

Ana Isabel Sanz | Psiquiatra. Directora de Instituto Ipsias

A pesar de las numerosas iniciativas para mejorar la detección precoz e intervención sobre el acoso entre compañeros en la escuela, los avances distan de ser prometedores. Uno de los principales escollos, en mi opinión, es que tanto en los ambientes académicos como en los dedicados a la asistencia sanitaria y social persiste la tendencia a minimizar la repercusión de las diferentes formas de agresión entre compañeros, “anteojeras” que solo la irrupción de casos extremos –en particular el suicidio de algún afectado– remueven, haciéndonos recuperar la perspectiva sobre la gravedad que tiene esta nada infrecuente (en España podemos rondar una media del 10% de casos) perversión de la convivencia en los centros educativos.

El alumnado víctima de acoso manifiesta un amplio espectro de perjuicios que abarcan desde su rendimiento escolar hasta su estado físico y emocional. Está bien documentado que sufrir acoso aumenta la probabilidad de fracaso escolar. Además, las víctimas de bullying experimentan una amplia gama de síntomas físicos que suelen englobarse bajo el término general de somatizaciones (cefaleas, dolores de estómago, cansancio, pérdida de apetito, alteraciones del sueño…).

El bienestar emocional de estos estudiantes se ve severamente afectado por alteraciones que abarcan desde la ansiedad hasta la depresión franca acompañada de ideas de suicidio, las cuales a veces se concretan en intentos –demasiadas veces consumados– de quitarse la vida. No conviene olvidar tampoco la elevada frecuencia con que desarrollan trastorno de estrés postraumático, una alteración en la que se mezclan señales de hiperactivación ansiosa mantenida y desadaptativa (pues se presenta de manera indiscriminada, al margen de que exista o no un peligro real), rememoración reiterada de los hechos origen de un extremo sufrimiento mezclado con conductas de evitación de cualquier señal que recuerde el trauma experimentado, así como con un embotamiento de las reacciones emocionales y los procesos cognitivos.

El abanico de manifestaciones de malestar psíquico en estudiantes objeto de acoso resulta amplio y a veces tan sutil que puede pasar desapercibido si el profesorado o los progenitores no se muestran suficientemente atentos. Algunos de los indicios afectivos, cognitivos y conductuales de que se puede estar dando una experiencia de acoso son:

  1. Sentimientos de soledad.
  2. Manifestaciones de tensión, hipervigilancia, ansiedad, temores múltiples.
  3. Disminución de la motivación.
  4. Sentimientos y verbalizaciones de infravaloración.
  5. Pérdida de confianza en las capacidades propias.
  6. Merma de la autoestima.
  7. Pensamientos y vivencias de culpabilidad, de autodesprecio, etc.

Sin llegar a deprimirse, más de la mitad de las víctimas desarrolla una tendencia mantenida al pesimismo, a la tristeza, al mal humor (irritabilidad) o la hipersensibilidad generalizada ante cualquier frustración o reacción de los demás interpretable como rechazo. Se trata de un estado de ánimo persistentemente bajo –técnicamente conocido como distimia (estado depresivo de una intensidad moderada, pero mantenida en el tiempo)–, que puede expresarse con rabietas o comportamientos agresivos, y que se traduce en la falta de capacidad de disfrute de cualquier actividad, incluso las lúdicas, en un bajo interés por casi todo y la experiencia reiterada del aburrimiento y la desmotivación. Este bajo nivel de vitalidad conduce a la disminución de las relaciones sociales, al empobrecimiento de la comunicación y a la disminución de la capacidad de concentración, atención y memoria…

Estos niños y niñas “tristones”, malhumorados, ralentizados, desmotivados, anodinos y, a la vez, potencialmente conflictivos por sus bruscas y desmedidas reacciones de enfado o llanto, dejados a su suerte, se convierten en adolescentes, jóvenes y después adultos mermados física y psíquicamente, incluso crónicamente enfermos, con escasa respuesta a las diferentes terapias psicológicas y médicas, a las que, por otra parte, tardan en acudir, por su falta de confianza en una ayuda externa que no recibieron en su pasado.

Las huellas de las experiencias de acoso se prolongan durante muchos años, condicionando en gran medida el futuro de muchos de los individuos que las experimentan. La interiorización de la humillación y la culpabilización que implican los mensajes recibidos del agresor y del entorno que asiste mudo o jalea sus dañinas actuaciones, convierte a la víctima de acoso en terreno abonado para futuras victimizaciones, bien en su vida íntima (en el ámbito de la pareja) o en el ambiente laboral. En otros sujetos, el resentimiento transforma al estudiante maltratado en futuro acosador laboral o agresor de su pareja.

En definitiva, sufrir acoso escolar no es tan solo un atentado contra la integridad presente de la víctima, sino el comienzo de una posible espiral de autodestrucción personal que también tiene consecuencias en el ámbito cercano y en la sociedad en general. Constituye la semilla de nuevos escenarios violentos y de sufrimientos prolongados que desembocan no solo dramas personales, sino en importantes gastos sanitarios y cargas sociales nada desdeñables. La prevención e intervención sobre el acoso no es tan solo una medida que redunda en el beneficio de los implicados; es, en última instancia, una cuestión prioritaria para evitar el deterioro de la salud colectiva y del bienestar social. Por eso, cuando los responsables o los testigos dejan pasar por alto una situación de abuso, deben pensar en el vandalismo futuro, en los conflictos laborales, en la violencia familiar, en los impuestos dedicados a atención sanitaria y en la intervención de las fuerzas de seguridad. Aunque sea por egoísmo, no hay que quedarse callado. Resulta imperativo actuar.

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