Educación sexual en la era informática

María Victoria Reyzábal | Especialista en Lengua y Literatura

Los datos aportados en mi comentario anterior, repleto de estadísticas preocupantes, y otros muchos que se podrían añadir, evidencian, entre otras cuestiones, la importancia de la educación emocional, sexual y en valores en la escuela y la necesaria orientación dentro del hogar sobre las diferentes manifestaciones afectivas, ya que los pequeños y preadolescentes son bombardeados por posturas, conductas, expresiones eróticas y sexuales en general en anuncios, películas, carteles, vídeos, parejas en el parque, chistes, lecturas, etc., en muchos casos antes de saber qué es el sexo. Pero sobre todo debido a que en sus paseos por Internet les surgen interrogantes difíciles de responder por su cuenta, tales como si hay que tragarse el esperma, si son aceptables las relaciones entre tres personas, cómo practican sexo los homosexuales, si un hermafrodita es hombre o mujer… Y otras por el estilo.

Si no damos respuesta ni profesores ni padres a sus dudas, ellos las satisfarán en la Red con el riesgo que implica la posible falta de rigor. Por eso, entre otras cosas, cuando dialoguemos con ellos debemos llamar a cada cosa por su nombre: vagina, vulva, pene, erección, testículos, clítoris, embarazo, parto, pedofilia, pornografía, narcisismo, machismo, feminismo… Pues ellos, a través de visionados eróticos no solo aprenden nuevos tacos, sino que, además, cuando ponen estos términos en el buscador, les aparecen muchas otras cosas relacionadas con este ámbito.

Por otra parte, adquieren un canon de belleza idealizada que actualmente remite con frecuencia a la anorexia, o, en el extremo opuesto, a la vigorexia, el paradigma de la juventud indefinida que ignoran retocada y, en algunos casos, a la violencia, siendo además testigos incautos de cómo la gente expone arriesgadamente su privacidad, desconociendo el derecho y la conveniencia de proteger la propia imagen, aunque el 47,8% revelaba ya en 2009 haber padecido alguna situación online desagradable, popularidad que a ellos también les atrae y por eso pueden caer en contactos peligrosos sin valorar los riesgos de ciertos seguidores indiscretos o malintencionados, ya que en Internet todo permanece. Cuando los chavales ponen estos términos en el buscador les salen muchas propuestas peligrosas como es el caso del juego en línea La ballena azul, que ya ha provocado que unos 200 adolescentes se suiciden.

Los niños deben saber que el afecto se manifiesta satisfactoriamente por diferentes vías: la amistad, el compañerismo, los lazos familiares, obviamente el noviazgo o la unión estable con otra persona. Y si descubrimos que visitan programas eróticos por Internet, antes de enfadarnos y regañarles, conviene que lo afrontemos con naturalidad y, en todo caso, explicarles que lo que ven suele ser bastante artificial y forzado, en general pura ficción con intereses comerciales de grandes industrias, algo que el 53% de los niños no sabe ni el 39% de las niñas. Pero, además, es imprescindible tener en cuenta que un gran porcentaje de ellos ha revelado, en distintas entrevistas especializadas, que les gustaría imitar esas conductas para saber qué se siente.

Por eso hay que mostrarles, por ejemplo, que la sexualidad enriquece si se acompaña de afecto y que todo lo que violenta, humilla o agrede al otro va en contra de los derechos humanos, la igualdad de género y la dignidad de las personas. Los pequeños imitan para convertirse en adultos, por eso, además de poner contraseñas a los aparatos electrónicos, no debemos escandalizarnos ante sus interrogantes para evitar transformar el tema en un tabú.

Cada pregunta debe tener su respuesta específica, no vale irse por las ramas, sea por vergüenza o, incluso, por desconocimiento, circunstancia esta que podría requerir la propuesta de una investigación conjunta, para que así comprendan que en cualquier circunstancia pueden acudir a nosotros, con la seguridad de que les dedicaremos el tiempo necesario y esa comunicación abierta nos dará más seguridad a todos. Sin embargo, no podemos olvidar que los niños tienen que vivir no solo en la realidad sino también en la fantasía, la cual propicia su imaginación y con ella su creatividad, pero sabiendo diferenciar ambos mundos y aprendiendo a evitar riesgos innecesarios.

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