Volver a empezar

María Antonia Casanova | Universidad Camilo José Cela (Madrid)

Aparte del recuerdo que nos viene a la memoria de la buena canción y de la excelente película con este mismo nombre, que aprovecho para iniciar los comentarios de este curso, realmente lo que pretendo plantear a partir del sugerente título es la inercia, la rutina, la idea de repetición con que en muchas ocasiones comenzamos de nuevo nuestro trabajo docente, después de las vacaciones de verano y ante un tiempo sin duda distinto que se nos presenta sin limitaciones ni condicionamientos especiales, con posibilidades inmensas de cambio, de innovación, de diferentes formas de trabajar…, necesarias por supuesto dado el clima de transformación permanente que ahora tiene la sociedad. Pero con actitudes inmovilistas, se pretende hacer lo mismo que el año anterior, y el anterior y el más anterior todavía… Incomprensible.

No obstante, y con un sentido opuesto al comentado, aparecen opciones de ruptura total, como si lo realizado durante etapas anteriores no sirviera para nada, no se hubiera hecho nada bien, hubiera que desestimarlo todo y empezar de cero. También se dan estas posturas, bienintencionadas en ocasiones, pero con un nulo aprovechamiento de trabajos excelentes llevados a cabo durante cursos pasados, que no se pueden ni se deben desaprovechar.

Tengo la impresión de que, en educación, se dan posturas que en otros campos resultarían incomprensibles. El tejer y destejer, como Penélope, para no llegar a ninguna parte es típico del campo educativo, debido a cualquiera de los dos comentarios anteriores. No obstante, Penélope sabía para qué deshacía su trabajo cada noche, pero nosotros permanecemos o variamos sin saber por qué, en la mayoría de los casos.

En educación, como en otros ámbitos de actuación y de trabajo, se realizan buenas experiencias y algunas que pueden resultar desechables. Igualmente ocurre con las investigaciones que se llevan a cabo: útiles en determinados casos y desestimables en ocasiones o, incluso, erróneas. De lo que se trata con todo ello es de avanzar, para no desaprovechar oportunidades de mejorar la calidad educativa que reciben las generaciones en fase de formación. Y, por lo tanto, ni conviene reiterar permanentemente lo mismo durante años, pensando que es y siempre será lo mejor, ni tampoco dejar a un lado las experiencias favorables que se han producido en las aulas a lo largo, también, de tanto tiempo de labor educativa, aplicadas por excelentes maestras y maestros, directivos, supervisores…; en definitiva, empeño en el que se ha comprometido toda la comunidad escolar, que ha trabajado incansablemente para sacar adelante proyectos innovadores, aunque haya sido con suerte irregular.

Siempre se aprende investigando y evaluando. Esa es la actitud positiva. Todo lo que hacemos habrá que pasarlo por el tamiz de la valoración objetiva, reteniendo lo que haya resultado favorable y rechazando lo que no haya cumplido con los objetivos previstos. Antes de tomar decisiones aceleradas, sin sentido, hay que evaluar lo hecho. Primero, a lo largo del proceso de implantación de la experiencia nueva (estrategias metodológicas, modelo de evaluación, informes a las familias, aplicación de tecnologías digitales…) se controlará cómo se está produciendo, intentando superar los fallos, las disfunciones que se presenten… Al final, valorando si merece la pena continuar o es mejor cambiar la actuación llevada a cabo. En última opción, quizá la más general, mantener la innovación implementada, con los cambios que se hayan manifestado como necesarios para su mejor resultado.

Este comentario es válido para el trabajo en el aula y en los centros, pero también para la Administración: antes de publicar nuevas leyes hay que aplicar las anteriores y evaluar sus resultados. La actuación contraria (es decir, la de los últimos años en España) nos lleva a lo que tenemos: implantaciones o modificaciones legales por criterios ideológicos, que no se terminan de aplicar, cambios sin sentido…, en fin, una dirección con brújula loca que no conduce a nada bueno.

Efectivamente, cada curso escolar que comienza, hay que volver a empezar. Pero con ánimos renovados, trabajando con rigor y profesionalidad, sin desechar alegremente innovaciones anteriores ni repetir tozudamente “lo de siempre”. El trabajo docente es valioso, tiene repercusiones esenciales en la vida de la persona y hay que cuidarlo con esmero para que no se pierdan tantas buenas prácticas que todos conocemos, y que es importante conservar y renovar a lo largo del tiempo. No todo lo anterior es pésimo ni toda innovación exitosa, por el mero hecho de serlo. Lo mejor surgirá de la evaluación de ambas realidades.

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