Aprender despacio, aprender bien

Marta Macho Stadler | Matemática y divulgadora científica

Llevo más de treinta años enseñando. En esos treinta años muchas cosas han cambiado –la primera, yo misma–; en particular –y mucho– la manera de enseñar, la manera de estudiar, la manera de aprender. Todas estas transformaciones son una consecuencia de las modificaciones en nuestro modo de vivir, que comprometen sin remedio a la educación.

Vivimos deprisa, rellenando todos y cada uno de los minutos de nuestro día de actividades. En cuanto hay dos días de fiesta “hay que irse”, en vez de descansar, de disfrutar de “no hacer nada”. En el trabajo se acumulan tareas burocráticas, los fines de semana no desconectamos de los mensajes profesionales… Esta manera de vivir, tan rápida, tan falta del disfrute del detalle, afecta muy especialmente a las personas más jóvenes.

Hoy en día cualquier docente se queja de la falta de interés del alumnado, de esa incapacidad para mantener la atención incluso durante cortos períodos de tiempo, de la aparente falta de curiosidad. Les aburrimos. Y una gran parte de este problema reside en nuestra forma de vivir.

Por lo que yo conozco –imparto docencia en un grado de matemáticas– cada vez contamos más contenidos, pero con menor profundidad. Se tocan superficialmente muchas materias, pero se ahonda poco en todas ellas. En mi opinión, se aprende “diseccionando” la información. En primer lugar, es esencial entender la información que nos llega: hay que leer con cuidado, hay que analizar lo que se nos muestra –y lo que no se nos muestra–, hay que descomponer, verificar, argumentar, debatir si es preciso… Después vendrá el resto. Pero esta cultura de hacer las cosas despacio –la llamada tendencia slow– abunda poco y, desde luego, poco en el aula.

Los tiempos para abarcar programas demasiado extensos no ayudan nada. Parte del profesorado se obsesiona por acabar temarios demasiado amplios, perdiendo en el camino a parte del alumnado que no es capaz –y no me extraña– de asimilar a esa velocidad. Contamos demasiadas cosas, deprisa y sin detalles. Sinceramente, creo que así es difícil aprender. Y es imposible transmitir el oficio, el savoir faire, esa parte del conocimiento que se adquiere con tiempo, con trabajo, con esfuerzo, equivocándose, descubriendo… Pero, claro, no hay tiempo.

Por parte del alumnado seguramente las cosas se ven de otra manera. Les aburren los detalles; muchas veces “desconectan” cuando, en el aula, se matiza, se interpreta, se compara. Su forma de trabajar no se parece en mucho a la de su profesorado. Consultan pocos libros, intentan aclarar sus dudas directamente en Internet, con el peligro que conlleva tomar por buenas páginas poco fiables. Además, en muchas ocasiones, buscan directamente un lugar en el que el ejercicio planteado esté resuelto, sin pararse a reflexionar. En parte es por pereza, porque no tiene costumbre de “invertir tiempo” en pensar, no están entrenados para ello, quieren tener el resultado “ya” y buscan directamente la solución que alguien haya escrito. La reproducen y creen que la han entendido… y la entenderán en muchas ocasiones. Pero, como no “se han peleado” con el problema planteado, como no lo han “diseccionado”, como no han entendido la esencia del problema, como no han investigado, como no han invertido tiempo, en la mayoría de los casos el aprendizaje –si lo ha habido– es superficial. Y lo peor de todo es que realmente están saturados: tienen muchas asignaturas, con muchas tareas para entregar, sin tiempo para dedicarles individualmente a cada una de ellas…

Nuestro alumnado no solo está saturado en el aula, sus actividades y tareas ajenas a los estudios son diversas –clases de otras materias o de refuerzo, entrenamiento deportivo, trabajo para ganar algo de dinero, ocio…– y les restan mucho tiempo de estudio.

No pretendo ser negativa, solo hablar de la realidad que observo en mi tarea docente. Creo que deberíamos pensar en dar menos contenidos, pero en darlos mejor. Creo que deberíamos inculcar a nuestro alumnado la necesidad de trabajar con más tiempo, con más detalle, sin recurrir inmediatamente a buscar en otros lugares la solución, sino “sudándola”. De esa manera, sin ninguna duda, aprenderían mejor, porque tendrían recursos para atacar muchos otros problemas, serían mucho más críticos. Pero supongo que es complicado hacerlo si no cambiamos nuestra forma de vivir, sin tantas prisas, disfrutando, respirando, trabajando. Como dicen las compañeras y compañeros de Sorkin –proyecto del que hablaremos en otro artículo– poniendo la vida en el centro.

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